Maternidad, feminismo, trabajo

working woman

El fenimismo tradicional igualitario, si bien ha tenido gran valor en la consecución de derechos para las mujeres, o la culturilla popular han hecho verdad la mentira de que las mujeres, las madres, hemos de luchar por nuestro derecho a trabajar, como si las mujeres, las madres nunca hubiéramos trabajado.

Hoy es el Día de la Mujer Rural, así que aprovecho para aclarar un par de puntos. La mayoría de los trabajos agrícolas aún hoy en día están desarrollados por mujeres.

De toda la vida, en todas las culturas y civilizaciones, las mujeres, las madres, han sido fuerza productiva, proveedoras, al igual que los hombres. En las civilizaciones prehistóricas, nómadas, cazadoras y recolectoras y en muchas sociedades no occidentales de hoy, las mujeres, las madres, contribuían y contribuyen con su trabajo al mantenimiento del grupo. Durante toda la Edad Antigua y la Edad Media, por no hablar de la época negra de la Revolución Industrial, la gran gran mayoría de mujeres, madres, trabajaban de sol a sol para mantener a sus familias. De siempre. En el campo, en los talleres artesanales, en las fábricas, las mujeres, las madres no han dejado de trabajar prácticamente nunca.

Sólo es a partir de los años 50, tras la II Guerra Mundial, que las mujeres burguesas, habitantes de grandes ciudades, quedan confinadas al hogar y su presencia en el ámbito laboral público queda reducida a sectores muy concretos, como la enseñanza o la salud. Es en los años 50 también cuando se extiende por el mundo lo que hoy conocemos como familia: padre, madre e hijos, compartiendo techo pero aislados del resto de parientes.

El gran fallo del feminismo tradicional, el feminismo igualitario, es que mantiene una visión reducidísima del enorme mundo femenino. La mayoría de las mujeres, hasta los años 50 o incluso 60, no son burguesas afincadas en grandes ciudades viviendo en familias burguesas y nucleares. Aún hoy, en una visión global del mundo, esto no es así. Y aún hoy las mujeres de todos los pueblos siguen trabajando en el campo, en los pequeños comercios, en todas partes. ¿Y cómo lo hacen? Lo hacen porque las familias son grandes, extendidas y los niños son criandos entre todos y están incorporados a la vida pública, como parte importante de la sociedad.

Para criar a un niño se necesita una tribu entera.

El gran error del feminismo tradicional ha sido obviar que estas mujeres trabajan y sobre todo olvidar que compaginan el trabajo con el cuidado de los hijos. Porque cuando la mujer burguesa se incorporó al ámbito laboral público de las grandes ciudades su gran drama fue que se le exigió dejar a los niños en casa. Y el feminismo, las feministas, lo consentimos, olvidándonos de esa parte tan importante de nuestra vida y de nuestra sexualidad que es la maternidad.

Y como en un círculo vicioso, las mujeres salimos a trabajar dejando a nuestros hijos al cuidado de otras mujeres que a su vez dejan a sus hijos al cuidado de otros, algunas veces incluso en otros países, de modo que de paso, Occidente aprovecha para destruir lo único que mantiene la supervivencia del tercer mundo, que son las redes sociales fuertes, los vínculos familiares robustos.

Así que no, no es necesario devolverle a la mujer su derecho al trabajo, porque en la mayoría de los casos no lo ha perdido. Lo que es necesario es devolverle a los niños su derecho a estar con sus madres, y también con sus padres, trabajen fuera de casa o no.

Por un feminismo no clasista, que no se olvide de que la mayoría de las mujeres del mundo no son profesionales libres con carreras estupendas, gratificantes y bien remuneradas. Amplía tu visión.

Foto | Airful H. Bhuiyam

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