Historias de parto: la Victoria de Chabela

Victoria

Hoy recuperamos esa tradición de los viernes en la que las protagonistas sois vosotras y vuestras historias, con una historia de parto que me tocó de cerca y que, de nuevo, tuve la suerte de vivir a pesar de las distancias gracias a las redes sociales, vía twitter.

Con la antena puesta. Así ando yo la mitad del tiempo cuando leo a «mis madres» twitteras, un grupo al que cada vez se une más gente y en el que es imposible no sentirse implicada en cierta (gran) medida cuando ves que algo no va como debiera. Y como cada día somos más, estar al tanto es cada vez más fácil. Así que aquel día en el que aquella chica de twitter, bonicacha, dejó ver que tenía problemas con su ginecólogo a causa de su cesarea anterior, la cosa salió casi en automático. Un poco alejada ya del activismo «activo» – que de vez en cuando hay que recuperar fuerzas – pero con la suerte de tener bien localizado al personal, mi hermana y yo pusimos a bonicacha en contacto con mujeres, madres que habían pasado recientemente por la misma experiencia y que podrían ayudarla de forma mucho más eficaz. Y nosotras mientras a acompañar, aunque fuera de lejos.

Porque es así de sencillo. Y porque merece la pena.

Las redes de madres funcionan y lo hacen porque nosotras, las histéricas, somos empáticas, amables y somos capaces de entristecernos con el sufrimiento ajeno y alegrarnos con los éxitos de otros, aún cuando nosotras mismas no hayamos logrado lo mismo. Es porque tenemos menos miedo. Y eso es lo que estas historias de partos demuestran, que somos valientes, mucho más cuando trabajamos juntas.

Os dejo las dos historias de parto de Chabela, unas historias muy parecidas a las de tantas mujeres luchadoras, que además de haberle plantado cara al sistema en beneficio de sus hijos, son después capaces de compartir sus victorias – porque siempre que plantas cara ya has vencido – con todas las demás.

Muchas gracias, Boni bonita, sin este feedback seguir en la trinchera sería mucho más difícil. Me hiciste llorar.

Y os recuerdo que podéis seguir enviandonos vuestras historias de parto al correo electrónico sermamas@gmail.com. La victoria de Chabela es una victoria de todas. Disfrutadla

La victoria de Chabela.

Mi primer parto fue un mal trago. El embarazo ya había sido complicado. Había tenido dos abortos y cuando por fin progresaba bien el tercer embarazo, en el quinto mes me detectaron la placenta previa oclusiva, fui con mucho cuidado, pero tuve una pequeña hemorragia en la semana 29. Pasé seis semanas en la cama, no me levantaba más que al lavabo y me “dejaban” ducharme dos veces por semana. En la semana 36 me hicieron la cesárea porque le dio la santa gana a la ginecóloga. Y lo que me costó convencerla, porque me quería programar para la 35. La semana 36 fue todo lo que conseguí.

En realidad, no había ninguna prisa, todo estaba controlado. Vivo en una ciudad, cerca de un hospital, estaba informada de lo que me pasaba, de lo que podía pasar y de lo que tenía que hacer en caso de volver a manchar, es más, no había vuelto a manchar nada. Pero al final, cedí. Acepté. Estaba cansada, asustada y me faltó claridad mental y energía para buscar otro médico a esas alturas.

La cesárea en sí fue una experiencia terrible. Tuve un ataque de ansiedad en el quirófano antes de que me pusieran la anestesia. A la anestesista le faltó poco para darme un bofetón. Debía tener prisa y yo le estaba retrasando. Mis circunstancias, mi miedo, mis lágrimas le dieron igual. En mi vida me he sentido más sola. Eso por un lado, porque por el otro, a la ginecóloga no la ví. En ningún momento. Si estuvo allí, yo no lo sé. Ni hola ni adiós me dijo. Quizás ni siquiera me la hizo ella la cesárea. Pudo ser cualquiera por lo que ví. Hiperventilando, con la mascarilla de oxígeno, sin parar de llorar, y sintiéndome más sola que nunca, nació Félix.
Ni lo ví.
Se lo llevaron.
A mí me dejaron en reanimación durante horas. Concretamente, durante casi 4 horas.

A las 8:20 había nacido Félix y hasta las 12h no me subieron a la habitación. A las 14h pasadas trajeron a Félix. La enfermera me dijo que le habían dado un biberón porque había tenido una hipoglucemia. Le dije que si me lo hubieran puesto al pecho inmediatamente no habría pasado nada de eso. Le dije de todo. Pero pronto dió igual lo que le dije a esa mujer, porque después me quedé callada por mucho tiempo y no sé qué fue peor.

Aquello no había sido más que el principio de la pesadilla.
La lactancia fue un fracaso… no por lo que tuve que enfrentar; las dos mastitis con el termómetro marcando 40 de fiebre, las grietas, las visitas a la monitora del grupo de lactancia, las llamadas a la comadrona…. Lo peor fue que yo no levantaba cabeza. La segunda mastitis, la empalmé con una infección de orina y me dejó destrozada, sin fuerzas físicas para aguantar el bebé, estaba para el arrastre.
Y abandoné. Y lo que parecía que iba a ser un aligeramiento de la carga, según todo mi entorno, se convirtió en lo peor de todo. De todo lo que había pasado, dejar de dar el pecho es lo que más lágrimas me costó. Me invadió una pena sin consuelo, una sensación de fracaso absoluto, que no se me iba con nada.

Estaba deprimida. No lograba sentir el vínculo madre-hijo del que todas las madres hablaban. Durante meses, anduve perdida entre la idea de la madre que creía que sería y la que estaba resultando ser.
Cuando Félix cumplió un año me volví a quedar embarazada. Ahora creo que intuí que otro embarazo, otro parto, podría ayudarme.

Durante los cinco primeros meses de embarazo, cambié tres veces de ginecóloga. Todo el mundo quería hacerme otra cesárea con la justificación de que el primer parto había sido cesárea. Pero yo había empezado a informarme y empecé a creerme de verdad que no era necesario, cuanto más leía, menos miedo tenía.
A través de otra doctora encontré una ginecóloga que me dijo lo que quería oír. Y la frase “parto respetado” la dijo ella. Y también dijo “intervenir lo menos posible” y “entiendo que lo pasaras mal y lo que supone este parto para ti”. Quería ayudarme. Había encontrado a una persona que además, era ginecóloga.

También descubrí a @irene_gp y su blog www.sermamas.es y un poco más tarde a @annag_p. @annag_p me recomendó más libros. Se puso a mi lado, muy discretamente, pero de manera leal, mucho más que cualquiera de los que estaban a mi alrededor. Ella tampoco tenía miedo. Y tanto ella como @irene_gp, sabían perfectamente de lo que hablaban. Ellas significaron más confianza, más fuerza.

Yo explicaba a amigos y familia todo lo que estaba descubriendo. Repasaba mentalmente los partos de mis amigas y alucinaba con los procedimientos. Empecé a conectar con mis deseos, con mis necesidades. Era delicado porque casi nadie me seguía, podían entender algo, sí, pero les daba miedo porque parecía que yo pretendía saber más que los propios médicos. Y según quien me escuchaba me daba la réplica como si yo quisiera poner en peligro al bebé. Y yo solo quería una oportunidad para ponerme de parto como una mujer normal. Y luego, si había de ser una cesárea, que no fuera en aquellas condiciones.

Javi y yo nos apuntamos a un curso de preparación al parto respetado, así se llamaba, y enseguida tuve el aliado perfecto: un marido informado. Cada día me sentía más segura.

Cuando estaba de 36 semanas, en pleno mes de Agosto, mi ginecóloga se fue de vacaciones y me visitó otra doctora de su consulta. Saqué mi papelito mental con todo lo que tenía acordado para el parto, para que ella también lo supiera, pues estaba de guardia las siguientes 2 semanas. Y entonces me dijo que “por protocolo, una cesárea previa, obligaba a otra cesárea”. Se abrió la puerta del infierno. Quiso que tuviera miedo, me asustó a propósito para conseguir hacer lo que a ella más le conviniese. Abusó de su condición de médico, me mintió, porque entonces yo también conocía datos y estadísticas y supe que me estaba manipulando. Fue una visita terrible para mí. En el ascensor me puse a llorar. Después de todo, casi al final, estaba sola otra vez.

Pero una embarazada nunca estará sola si tiene cerca a @irene_gp y a @annag_p.
Se pusieron en marcha.
Me presentaron a otras madres. A otras mujeres que me apoyaron como solo apoya una mujer. Se arremangaron.
Me pusieron en contacto con Imma Marcos, una comadrona que atiende partos en casa, y con la doctora Carme Guasch. Las dos hablaron conmigo, las dos me atendieron. Tuve una respuesta increíble. En pocos días, volvía a estar cubierta y tenía quien me atendiera como necesitaba si me ponía de parto.

Luego volvió mi doctora. Fui a la consulta con el discurso de despedida preparado. Pero ella ya estaba enterada de todo, por lo visto, la otra le había contado el cristo que habíamos tenido. Me dijo que olvidara esa visita. Que lo sentía mucho y que lo que teníamos pactado nosotras seguía adelante. Fue una conversación larga y al final, decidí seguir con ella.

La noche del 10 de septiembre, cumpliendo justo las 40 semanas, a las 4 de la mañana, me sentí rara. Retortijones, flujo abundante, un poco de sangre… busqué el móvil y a @annag_p. Y allí estaba ella, claro. En mitad de la conversación, rompí aguas, rompí aguas por DM! y nunca lo olvidaré, me dijo: “te acompaño un rato”.

Y por haber estado a mi lado sin haberla visto nunca físicamente, a @annag_p ya la quiero para siempre.

Las diez horas siguientes fueron inolvidables. Todas las historias de parto que había leído me venían a la cabeza y ahora yo por fin estaba viviendo mi propia historia. Sentí todo el placer de las endorfinas, activadas para contrarrestar el dolor de las contracciones. Sentía placer, sí. Y tenía la sensibilidad a flor de piel. Cuando hicimos el curso de preparación al parto “natural” y hablamos de maneras de enfrentar el dolor con Javi pensé que el dolor me alejaría de él, que le odiaría, que no lo querría ver. Estaba preparado para guardar distancia y silencio ¡Pero fue justo al revés! Lo necesitaba más que nunca. Quería caricias, atención. Me sentía muy vulnerable. Muy emocionada. Fueron unas horas preciosas.

Estuve en casa hasta las 14h. Tenía contracciones cada 5 minutos, de apenas un minuto y con periodos de descanso, sabía que no estaba en trabajo de parto, pero hacía casi 12 horas que había roto aguas y empecé a estar intranquila, preferí ir al hospital. El viajecito en coche al hospital fue horrible. Fueron solo diez minutos, pero lo pasé fatal. Y para colmo, al llegar, me tuve que esperar en la puerta con todas las bolsas porque el parking estaba cerrado por obras! Me puse de muy mal humor. Me puse mal. Me giré.
Al subir a maternidad, ya me notaba diferente. Las contracciones habían disminuido mucho. Y estaba agotada.

La comadrona me puso las correas y cuando quiso hacerme el tacto, empecé con el guión pactado con la ginecóloga: “perdona, es que mi ginecóloga me ha dicho que os dijera que no me dejara hacer un tacto por nadie más que por ella”.
La llamaron por teléfono.
Me la pasaron.
Hablé con ella.
No solo no me hicieron el tacto, si no que me dieron las tiras reactivas para comprobar si había roto aguas o no, para que yo misma me hiciera la prueba.

Me río cuando lo pienso, o todo o nada, ¿así funcionan?
Me pusieron el antibiótico, eso sí.
Pero luego me taparon la vía y me fui a una habitación con una pelota de dilatación, la bañera, la cama, mis cosas…
Debían ser las 15:30 o las 16h.
A las 20h habíamos quedado con la doctora que se pasaría.

Yo no sé qué hora era cuando me estiré en la cama. Estaba muy cansada. Ya no aguantaba encima de la pelota. Sólo me quería tumbar. Pero no podía dormir. Tenía las contracciones sin frecuencia. Podía tener cada 3 minutos y de repente, durante 15 minutos ni una. Unas muy flojitas y otras muy, muy fuertes. Vino la comadrona, ya con un poco de cara de preocupación. Me pidió permiso para ponerme las correas y monitorizar. El gráfico decía lo mismo que yo sabía. No había dinámica de parto.

Llegó la doctora.
Muy cariñosa, escuchó todo lo que le dije. Y por fin, me hizo el tacto. La cara que puso no se me olvidará en la vida. Se quedó callada. Se quitó el guante muy despacio. Se fue a tirarlo al cuarto de baño. Volvió. Me miraba. No se me pasaba por la cabeza qué podía ser lo que me tenía que decir. ¿Por qué no hablaba?
Ahora sé que estaba pensando. Debía estar pensando cómo le explico yo ahora lo que pasa…
Lo que tenía que decirme era que no había dilatado nada. Que el bebé no estaba ni apoyado sobre la pelvis.
Me dijo que hace 60 años yo hubiera sido de esas mujeres que estaban tres días para parir. Me explicó muchas cosas, con mucha dulzura.
Me dijo que podía volver a pasarme el antibiótico y dejarme hasta las 4 de la mañana que haría 24horas que había roto aguas y ver como había evolucionado, teniendo en cuenta la dinámica de parto que llevaba, era difícil creer que fuera a evolucionar de otra manera. Tenía pinta de ser algo largo. Me acordé de lo que pone en “El parto es nuestro” aquello de que a las 24 horas de haber roto aguas, el bebé ha de haber nacido. Me dijo que aunque esperáramos, el final más probable teniendo en cuenta la rotura de membranas hacía tantas horas, era la cesárea, pero que podíamos esperar un poco más si yo quería o hacerme la cesárea en ese momento. Me dijo que ella no tenía prisa, qué cómo lo veía yo.
Y yo hacía muchas horas que notaba que el parto estaba parado.

Me puse a llorar.
Y decidimos hacer la cesárea en ese momento. Por escrito, se ahorra una muchas cosas. Pero fue un traguito. No paré de llorar. Todo el rato. Pero esta vez, no lloraba de miedo, lloraba de emoción, lloraba mientras asumía que lo había intentado, que no había dilatado, lloraba porque Matías iba a nacer ya. En fin, lloraba por lo que creo que lloran todas las mujeres cuando dan a luz.
Al final, lloró también la anestesista de verme a mí.
Había muy buen ambiente en el quirófano y hoy podría decir que fue una experiencia maravillosa, casi agradable. Me conmovió mucho que me trataran tan bien.

Quizás es lamentable lo que significa eso, porque en verdad, debería ser siempre así, pero no lo es.

Enseguida había nacido Matías y lo abracé y luego lo vistió Javi y me lo volvieron a dar y todos juntos, mis piernas dormidas incluidas, subimos a la habitación y ya no me separé de él.

Y así, intentando parir, a pesar de que acabó en cesárea, a pesar de que seguro que alguien dirá que al final no lo conseguí y pensará que yo no tuve razón en ningún momento y mezclará las cosas sin sentido médico ni humano, a pesar de todo eso y de más, es como yo cerré una herida muy profunda por la que se habían ido muchas de las cosas que se necesitan para poder vivir en paz.

Foto | Come Cane in Autostrada

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4 Comentarios

  1. Gabriela 20 enero 2012

    Hermoso relato! Yo hoy ajusto las 40 semanas, tuve a mi hija hace casi tres años, mediante una cesarea (innecesaria) y super irrespetuosa. Ahora estoy esperando que el nene quiera venir, mi médico es pro parto respetado, no tengo miedo del parto ni de la labor, solo quiero dejarme llevar, sentirme mujer, viva, capaz! Como acabe, es dificil saberlo, lo único que cuenta es que la labor de parto no solo ayuda a salir al bebé, si no ayuda a la madre a conectar con su bebé, a asumir su nueva situación. Y que decir de la lactancia, para mi fue la manera mas linda de cerrar la herida que dejó mi parto y la separación por algunas horas, una vez que nació mi hijita.

    Yo te sigo en tw y me encantas 🙂 Ahora mismo voy a buscar a tu hermana 😉

  2. madamedoinel 21 enero 2012

    He llorado al leerlo

  3. La marquise 27 septiembre 2012

    Increible y bonita tu historia… quisiera saber cómo puedo hacer para saber quienes son las comadronas y doctoras «buenas» que te ayudaron y por supeusto en qué clínica es que te atendieron tan bien…gracias!

  4. Nath 2 octubre 2012

    Me ha conmovido mucho esta historia….Pero también estoy en busca de ayuda;Estoy teniendo también problemas con mi ginecólogo y ya es el segundo profesional que veo en este embarazo…No tengo otra que cambiar de nuevo…Y me informaré sobre Carme Guash también…Me gustaría saber si podría contactar con Chabela o si alguien del blog sabría en que clínica le atendieron durante este parto.
    Un saludo

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