
Un estudio estadounidense afirma que cada año más de 10000 niños sufren lesiones relacionadas con el uso de cunas, parques y moisés. Los accidentes se producen cuando el bebé trata de salir de la cuna (todos lo hemos visto) y cae, generalmente de cabeza. Según este estudio las cunas son responsables del 83% de estos accidentes y los niños deben ser acostados en cunas homologadas y sin nada dentro, ni mantas, ni cobertores, ni paragolpes, ni nada – aunque estas últimas precauciones tienen que ver con los riesgos de síndrome de muerte súbita del lactante.
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Un rumor corre por las calles: los niños de biberón duermen mejor y por tanto sus mamás se despiertan menos. Atiborrarle a cereales en la “última toma” para ver si así no se despierta, inundarle la cuna de chupetes, enseñarle a dormirse solito por las buenas o por las malas, administrarle jarabes para la tos con codeína, anihistamínicos e incluso melatonina…casi todo vale con tal de que nos deje dormir. Y digo casi, porque vale todo, menos lo más lógico.
Ana nunca fue una gran dormilona. “Los bebés duermen 20 horas diarias” me decían a mí cuando era madre novata y yo pensaba “sí, ya, pues será el tuyo, la mía duerme 20 minutos”. Resulta que he leído que la gente que duerme menos es más lista (vete tú a saber), o sea, en algún momento se confirmarán las sospechas de Papá de Ana y Lara de que nuestras hijas son superdotadas. ¿Es bueno? ¿Te deja dormir? Es la pregunta por excelencia que hacemos a los padres recientes, como si la calidad o cantidad del sueño dependiera de nuestra bondad natural.
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Aprovechando que se acerca Halloween, hablaré hoy del miedo. Llegará un día en que tu hijo tenga miedo. O mejor dicho, llegará un día en que tu hijo será capaz de decirte que tiene miedo. Y date por satisfecho, a pesar de todos los inconvenientes. El miedo es una sensación útil, es la reacción normal del organismo ante un peligro o una amenaza para la vida.
Todos los niños sienten miedo. A pesar de que el miedo como definición abstracta es un concepto complejo en biología es mucho más fácil. Miedo en biología se traduce por estrés. Cuando un animal se siente amenazado se disparan una serie de mecanismos moleculares que inducen al cerebro a actuar para eliminar el peligro. Es lo que se denomina adaptación al estrés. Atacar o huir es sólo una de las manifestaciones del miedo.
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Hago este post ad hoc nada más que porque quiero poneros la foto de cabecera que le hice ayer a Lara justo mientras se dormía la siesta.
El tema del sueño le quita el sueño a muchísima gente, sobre todo cuando se trata del sueño infantil. Paseos en coche, métodos conductistas, hierbajos, ruido blanco…no hay nada que algún padre no haya probado para dormir a su retoño. Y es que los niños tienen la manía de dormirse cuando quieren y no cuando nosotros necesitamos que se duerman.
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Lara está entrando en esa etapa maravillosa en la que si no duerme siesta es malo y si la duerme es peor, porque luego no hay quién la acueste. Y cualquier excusa es buena para saltarse la siesta, así que, para nuestra desgracia algunos días cae agotada a las seis de la tarde y con diez minutos que duerma ya tiene para tirar otras seis horas. Me resigno, mis hijas son las dos de poco dormir, qué le vamos a hacer si es en lo único en lo que se parecen a mí.
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Como ya comentamos los terrores nocturnos y las pesadillas, aunque con origen y manifestaciones distintas, se ven agravados por el estrés.
A pesar de que algunos autores consideran que no hay que hacer nada frente a este tipo de trastornos del sueño, ya que, principalmente los terrores nocturnos suelen desaparecer con la edad, esto sólo es cierto si son esporádicos. Si los terrores nocturnos o las pesadillas aparecen con frecuencia merece la pena examinar el entorno del niño para comprobar si hay algún motivo por el que esté angustiado.
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