Me encanta hacer cosas como ésta. Y es una pena no saber manejar el photoshop, porque si no ahora mismo os deleitaría con una bonita foto de un señor con manchas blancas y cuernos, al más puro estilo Pedro Jota. Pero…no vengo a hacer escarnio (a reírme un poco, sí, la verdad).
Un nuevo estudio publicado en The American Journal of Physical Anthropology acaba de descubrir (otra vez) que los señores con hijos tienen mayores niveles de prolactina que aquellos que no los tienen. Prolactina, sí, esa hormona siempre relacionada con la lactancia, pero que también se produce durante la fase refractaria tras el orgasmo, al menos masculino (es por culpa de esta hormona que después de tienen que descansar un ratito hasta poder volver a entrar en faena, vaya, que la prolactina directamente les quita las ganas).
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Entras en casa de unos amigos con tu hijo pequeño, el que ya gatea, y de repente eres consciente del lugar en el que tus amigos tienen los enchufes, de cuantas alargaderas utilizan y de lo peligroso que está el cable ese de ahí. En un sólo vistazo y casi sin darte cuenta.
Cuando estaba embarazada de Ana tuve muchos problemas laborales, tantos que acabaron conmigo en casa durante los 15 meses posteriores a su nacimiento. El estrés era agotador, como os podéis imaginar. Pero llegó un punto en el que sorprendentemente empezó a darme todo igual. Me volví pasota y el grado de ironía de mis comentarios aumentó mil puntos. La culpa, de la progesterona, la misma hormona que sirve para “sujetar” el embarazo en las primeras semanas y que provoca que durante el primer trimestre te mueras de sueño, es producida por la placenta a partir del segundo trimestre. El bebé sabe muy bien lo que necesita y se encarga de obtenerlo.
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Por seguir un poco con el chiste de ayer, que recuerdo no inicié yo, sino el entrañable Pedro Jota con aquel Madre o Vaca, hoy traemos un estudio sobre ellos, los papis, para completar ese Madre y Tigresa que me ha gustado tanto.
Aunque muchos hombres se vuelven especialistas en el escapismo cuando se convierten en padres y aunque la sociedad en la que vivimos promueve (afortunadamente cada vez menos) modelos de familia en el que el padre no se encarga de la crianza de los hijos – a pesar de que la madre en la actualidad también tenga la responsabilidad de proveer a la familia – la biología es la biología. Y aunque durante siglos los hombres se han autoerigido en portadores de la racionalidad, y la linealidad, dejando lo corporal y “>lo cíclico para las mujeres, resulta que tener hijos también los cambia a ellos.
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El ser humano no es más que un mono con tendencia a comerse el coco. Animales racionales, capaces de reflexionar sobre nuestros instintos hasta modificarlos por la fuerza de la costumbre. Y sin embargo, cuando nacemos y hasta bien entrada la infancia nuestros recursos racionales son escasos, al principio prácticamente inexistentes. Los bebés humanos son cachorros de mamífero, y desde el momento en el que nacen hasta que alcanzan el uso completo de la razón pasan muchos, muchos años.
La maternidad en humanos tiene dos componentes: la componente biológica, compartida por todos y cada uno de los mamíferos que viven sobre la faz de la tierra y que responde a la acción de hormonas y neurotransmisores – sustancias que regulan y modifican la respuesta del cerebro y así modulan las respuestas de otros órganos, tejidos, sistemas o comportamientos – y la componente racional, que se construye con los años y que se cimenta en las experiencias previas, en nuestra infancia, en la relación con nuestros padres y en todo nuestro entorno cultural. Ambas dos se complementan y se retroalimentan y gracias a esto el ser humano es lo que es.
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Igual las feministas me comen, pero no tengo miedo. Defiendo con uñas y dientes el famoso instinto maternal, no esa cosa de que las mujeres nos morimos por tener hijos desde que nos salen los dientes de leche, no, sino el cambio que se produce en nosotras tras la llegada del bebé. ¿Os pasó a vosotras? Ese darse la vuelta como un calcetín que la oxitocina del parto y la prolactina de la lactancia generan en tu forma de mirar el mundo.
Ahora las feministas ya pueden estar tranquilas. Porque resulta que el mismo efecto, aunque de forma no tan drástica (*) se produce en los hombres.
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Ya dije que no todos los puerperios son iguales. La relación del puerperio con la lactancia materna, que la ciencia siempre olvida, es obvia. De que seas una madre lactante o no dependen muchas cosas, aunque no te lo creas. Muchísima gente se escandaliza cuando se afirma que la lactancia (y el embarazo y el parto) son parte de la sexualidad femenina. No es por otra cosa que las hormonas que intervienen en el parto y la lactancia son exactamente las mismas que se ocupan de que mantener relaciones sexuales dispare los sistemas de recompensa del cerebro, sistemas que la naturaleza ha seleccionado porque son importantes para la supervivencia de la especie. Criar es bueno para la especie, el cerebro, tu cerebro y también el de tu hijo lo reconoce así.
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