
Cientos de miles de espermatozoides en una carrera a vida o muerte, luchando sin fin para alcanzar el objetivo. El óvulo, la meta soñada, sólo el más fuerte, sólo el más rápido logrará llegar. Como en la película de Los Inmortales o en Gran Hermano, la ciencia nos ha vendido desde hace años el mito del “sólo puede quedar uno”, a lo sumo dos, en una descripción de la fecundación bastante adaptada a los tiempos que corren. Competencia, pelea, sólo los fuertes sobreviven.
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El estrés es capaz de hacer que un parto no progrese y acabe en cesárea. Estrés y lactancia materna no son buenos amigos. El estrés en niños está relacionado con terrores nocturnos y otros trastornos del sueño, incrementa el riesgo de padecer infecciones, empeora las reacciones alérgicas.
Si estás embarazada entonces tal vez es el momento de empezar a tomarte las cosas con más calma. Escucha a tu cuerpo. Durante el primer trimestre, es posible que te den verdaderos ataques de sueño: la progesterona te va preparando el terreno, si puedes dormir, duerme. Después la misma progesterona puede hacer que te vuelvas más introspectiva, incluso más “pasota”. Hazla caso. Es el momento de frenar.
Quizás sea buena idea que busques momentos sólo para tí, dedícate a aprender técnicas de relajación, a escoger música para el parto, a hacer cosas que te gusten. Tal vez no quieras pasar por el trago de la amniocentesis, a lo mejor ni siquiera te apetece hacerte el triple screening, seguro que no te interesa para nada saber que en la semana 36 “estás muy verde”.
Infórmate sobre qué cuidados médicos son imprescindibles y cuáles no, y decide según tus gustos y tus convicciones, nada hay obligatorio. Trata de controlar la ansiedad. Si aún así, tu trabajo peligra, tu marido ha sufrido una repentina regresión a la adolescencia y quiere decorar el cuarto con pósters de AC/DC, y tu suegra no para de preguntarte de qué color hace los patucos…, sí estás de los nervios.
Tranquilízate y ve al médico. Existen medicamentos o terapias para la ansiedad seguros durante el embarazo. Un buen profesional puede informarte y ayudarte. Consúltale. Tu bebé y tú lo agradecereis. Y de paso, le dices a tu suegra que haga los patucos blancos.