Casos y cosas

Escrito por Irene Garcia el 13/07/2010

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nacimiento

Estudié biología por vocación, biología molecular para más señas. Los procesos naturales siempre me han fascinado, desde la acción de la más pequeña de las proteínas que funciona como una máquina ideal hasta las relaciones de interdependencia entre especies que comparten nicho ecologico. La naturaleza, el proceso de selección natural, ha escogido aquellos mecanismos que funcionan de forma óptima; tal vez en algunos casos no sean perfectos (si es que hay manera de definir la perfección), pero son eficientes, hacen aquello que tienen que hacer. La naturaleza es dificil de imitar, los amantes de la I+D lo saben bien porque el biomimetismo está de moda, y por eso es prácticamente imposible superarla en nada, los seres humanos sólo podemos tratar de puentearla en algunos casos, casi siempre con muchísimas limitaciones y resultados contradictorios.

Por eso he pasado un mal fin de semana. Los dos últimos partos que han ocurrido en mi entorno más o menos cercano han sido…de esos para no olvidar, a causa de intervenciones desmedidas y probablemente innecesarias. Y lo peor es que ellas, las madres, se quedarán con la terrible sensación de que sus cuerpos son imperfectos, defectuosos, que el parto es un proceso tan complicado que no se puede lograr parir sin ayuda de la técnica. Sin mencionar las secuelas, con las que tendrán que convivir para el resto de su vida.

Me debato entre las distintas definiciones que se le pueden dar al hecho de defender que los partos son procesos biológicos, que la naturaleza seleccionó un mecanismo que, aunque a veces – muy pocas – pueda complicarse, la mayor parte de las veces funciona como un engranaje bien engrasado, con cada componente ejerciendo su función. Es muy poco lo que la ciencia conoce acerca del parto, creedme. Los mecanismos moleculares que lo controlan desde el córtex cerebral son en su mayor parte desconocidos. Las intervenciones médicas se limitan a manejar procesos mecánicos – acelerar o parar contracciones, romper bolsas para que la cosa vaya más rápido, empujar la barriga desde fuera con todo el peso de una o varias matronas sobre el vientre de la madre para hacer bajar al bebé – olvidando que el parto no sólo es cuestión de contraer el útero para expulsar un bebé, que el proceso se autorregula en la mente y que es el bebé quien ejerce gran parte de control sobre su propio nacimiento, en un mecanismo de comunicación, una díada madre-hijo que en el proceso de la selección natural venció al resto de mecanismos de reproducción sexual y se propagó por toda la tierra. Además con contradicciones tales como hacer parir a las mujeres en posición de litotomía, después de haciendo el pino, la peor postura para que un bebé “baje”.

He pasado todo el fin de semana preguntándome cuántos niños españoles nacerían el domingo, a la hora del partido. Ojalá hicieran una encuesta, porque probablemente habrán sido muy muy pocos. No me pregunto lo mismo sobre los niños holandeses, probablemente nazcan algunos menos, pero muchos habrán seguido naciendo tranquilamente en su casa, sin que haya importando para nada la predicción del pulpo Paul. Al fin y al cabo en la cosa de la atención al parto Holanda nos gana por goleada.

El último parto ocurrido en mi entorno sucedió el sábado, tras una inducción que acabó con enormes complicaciones. Afortunadamente la madre y el niño se van a recuperar, al menos hasta cierto punto, pero ésa no es la cuestión.

Foto | treyevan

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