
Seis y medio, tres y dos años respectivamente. Tres dementes sueltas en un tren de la RENFE que además sufre un percance a mitad de camino y permanece hora y pico parado en mitad del campo. ¿Se puede sobrevivir a un viaje en transporte público con niños?
Pues se puede, ya que yo lo he conseguido. Madrid-Alicante-Benidorm-Calpe, con dos transbordos incluídos y un autobús para rematar, porque las estaciones de tren nunca quedan cerca de casa. Claro está que no iba sola. Mi hermana y yo frente al mundo y frente a las tres enanas.
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Tengo la sensación de que todos andamos un poco como pensando “pero si es Japón” y más pendientes de si explotan o no los reactores nucleares casi nos hemos olvidado de que el viernes pasado un terremoto de grado 9.1 y sobre todo el tsunami posterior devastaron infraestructuras y viviendas en este país. Que los japoneses construyen sus edificios casi a prueba de terremotos y que es obvio que una catástrofe de esta envergadura en un país pobre hubiera probablemente acabado con gran parte de la población no puede distraernos de una cosa bastante obvia: miles de personas se han quedado sin nada, entre ellas muchos niños.
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A mis hijas, a las dos, les encanta disfrazarse. Desde aquella falda de tul rosa que mi tía le regaló a Ana cuando tenía unos dos años y medio, que no se quería quitar ni para dormir y que ahora pasea Lara por medio Madrid, el baúl de los disfraces nos ha ido aumentando año a año. En los cumples, por Reyes,…en esta casa entre los regalos casi siempre cae algún disfraz.
Disfrazarse es bueno para los niños. Les ayuda a comprender la realidad, facilita el juego simbólico – muy importante para su desarrollo – e incluso puede serte útil para ayudarlos a expresar los miedos o las preocupaciones. Y por supuesto desarrolla la imaginación de los niños e incluso la creatividad de los padres.
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Esta mañana Lara se levantó, cogió el iPhone, abrió osfoora y tuiteó “C:”, tras escribirlo con el teclado táctil y darle a Send. Podéis verlo en mi TL. Obviamente no es ninguna señal, Lara no tiene ni dos años y medio, y que tuiteé a estas alturas con tanta soltura es más bien fruto de la casualidad. O no. Hace ya varios meses trata con ahínco de enseñarle a mi madre cómo se baja el vólumen de la aplicaciíon de Youtube del mismo teléfono, infructuosamente. Y ya no sé ni qué guarda ella misma en Favoritos. Maneja el smartphone como si fuera una prolongación de su brazo. Y es capaz de reconocer a algunos de mis amigos 1.0 por su avatar en twitter o facebook. Espeluznante.
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Pues sí, Lara ha entrado de golpe en la fase de las rabietas. Lo que se combina con que Ana no las ha dejado todavía, de hecho lleva una rachita que la cosa parece ir a peor. Así que los famosos “terrribles dos” que dicen los ingleses refiriéndose a los dos años en mi casa han pasado a ser las famosas “terribles dos”, refiriéndome a mis dos hijas.
La fase de las rabietas es una fase normal. Sobre los dos años la conciencia sobre sí mismos empieza a manifestarse de forma rotunda en nuestros hijos. Con la adquisición del “yo”, muchas veces coincidiendo también con la adquisición del vocablo en el área del desarrollo lingüístico, los niños sienten la necesidad cada vez más imperiosa de diferenciarse de los demás, necesidad que se hará dramática cuando lleguen a la adolescencia. Vale, es una fase normal y así hay que tomárselo.
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Una y otra vez, psicólogos y pediatras nos bombardean con el consejo de que, con los niños, el sexo ha de abordarse con naturalidad y tal y tal, atendiendo a su capacidad de entendimiento y a su edad. Y nosotros, padres conscientes y bien dispuestos, asentimos con la cabeza, convencidos de que arman demasiado ruido para tan poca cosa, total, el sexo es algo natural, somos progres y modernos.
Y entonces llega el día. Jaja. Una risa ¿verdad?
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