
Hace unos años un artículo publicado en El País nos dejaba con los dientes largos al relatar cómo se vive la maternidad en países como Islandia. Todas con ganas de ser altas y rubias, los informes anuales de OMS-UNICEF siguen afirmando que los mejores países del mundo para ser mujer son los nórdicos, entre otras cosas por la protección social, política, económica y estatal que recibe la maternidad, un asunto que, pese a quién pese y por mucho que se intente compartir, incumbe sólo a las mujeres. Puedes ser padre, incluso puedes ser considerado el mejor padre del mundo, pero no eres madre – y, dejando a un lado a los pigmeos Aka, si no eres sueco tampoco vas en la lista, ya que la protección a la maternidad de los países nórdicos no sólo protege a madres e hijos, sino que de rebote protege también a los padres. Políca familiar, que se llama.
Una de las cosas más destacables de aquel artículo eran las entrevistas a mujeres-madres del país y sobre todo su visión de la maternidad. La maternidad en países como Islandia es una opción que se elige libremente. Contaba una de las madres islandesas que allí no es raro encontrar chicas embarazadas en la facultad, que el apoyo social y estatal a las madres consigue que la maternidad – o más bien la crianza a dedicación plena como la requieren los más pequeños – no se vea más que como otra faceta de la vida, que como mucho va a retrasar tus estudios un par de años, pero no va a impedirte realizarte como persona, sino más bien todo lo contrario. Y es que las mujeres somos madres y maternidad y crianza son parte de nuestra sexualidad.
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La nueva moda. Carmen Machado – la misma que nos deleitó hace unos meses con aquel famoso Madre o Vaca – se descuelga ahora con otra etiqueta que pretende englobar a un montón de mujeres que cada día trabajan para conseguir que las madres (todas) disfruten de un parto y una crianza en los que se respeten sus necesidades y las de sus hijos.
Mezclando churras con merinas, como casi todo el que pontifica sobre este tema sin haberse informado demasiado, resulta que yo, que soy partidaria de la lactancia materna, del colecho y por supuesto de los partos respetados, además tengo que comer productos ecológicos, usar pañales de tela, ser vegetariana y no sé si practicar la placentofagia, tal vez una vez al mes – no me ha quedado muy claro. Ah y contratar a una “madre de día” que es una cosa muy de ahora, porque nunca, jamás, ha existido la figura de la niñera. O de la abuela.
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Un año más que se acaba. Un año complicado éste, con tanta crisis y tanto sobresalto. Tenemos estos días que superar esa tendencia de los seres humanos de hacer balances que siempre nos dejan con una sensación de incompetencia: es posible que no hayamos hecho todo aquello que el año pasado nos propusimos hacer, no hemos ido al gimnasio, o no hemos dejado de fumar, no hemos empezado la dieta ni tampoco comemos más verduras, de ahorrar ya ni hablamos, que no está el horno para bollos…un desastre, vaya.
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A mí antes no me gustaban los niños. Sin embargo desde que soy madre me da la sensación de que todos los niños tienen algo especial, la sonrisa, el brillo de los ojos, los remolinos del pelo, una nariz respingona o una especial dulzura…Nace un niño e inmediatamente la madre piensa y sobre todo siente que su hijo es el mejor, que no habrá nunca otro que lo iguale, aunque sea el tercero de la familia y aunque los mayores no dejen nunca de ser también los mejores.
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Ver a tu prematura de un kilo convertida en un duendecillo de la Navidad de tres años, con sus cascabeles y sus espumillones y su cinta en el pelo, bailando el Jingle Bells y cantando en inglés We love Snow Flakes es…bueno, no hay palabras.
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Entras en casa de unos amigos con tu hijo pequeño, el que ya gatea, y de repente eres consciente del lugar en el que tus amigos tienen los enchufes, de cuantas alargaderas utilizan y de lo peligroso que está el cable ese de ahí. En un sólo vistazo y casi sin darte cuenta.
Cuando estaba embarazada de Ana tuve muchos problemas laborales, tantos que acabaron conmigo en casa durante los 15 meses posteriores a su nacimiento. El estrés era agotador, como os podéis imaginar. Pero llegó un punto en el que sorprendentemente empezó a darme todo igual. Me volví pasota y el grado de ironía de mis comentarios aumentó mil puntos. La culpa, de la progesterona, la misma hormona que sirve para “sujetar” el embarazo en las primeras semanas y que provoca que durante el primer trimestre te mueras de sueño, es producida por la placenta a partir del segundo trimestre. El bebé sabe muy bien lo que necesita y se encarga de obtenerlo.
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