
Igual las feministas me comen, pero no tengo miedo. Defiendo con uñas y dientes el famoso instinto maternal, no esa cosa de que las mujeres nos morimos por tener hijos desde que nos salen los dientes de leche, no, sino el cambio que se produce en nosotras tras la llegada del bebé. ¿Os pasó a vosotras? Ese darse la vuelta como un calcetín que la oxitocina del parto y la prolactina de la lactancia generan en tu forma de mirar el mundo.
Ahora las feministas ya pueden estar tranquilas. Porque resulta que el mismo efecto, aunque de forma no tan drástica (*) se produce en los hombres.
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Tener hijos te cambia la vida, indudablemente. Sobre todo si eres el primero de tu “pandilla” que los tiene. La responsabilidad de cuidar a un bebé, los horarios…en este mundo moderno en el que además muchas veces los amigos viven literalmente en el quinto pino, ir cargando con toda la parafernalia que acompaña a un niño para, media hora después tener que irte porque es su hora de la siesta, la verdad es que te quita las ganas de ir a cualquier lado.
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¿Te acuerdas de aquel libro, Momo?
Ahora que llegan las vacaciones escolares la conciliación se convierte en una utopía sólo al alcance de unos pocos privilegiados. Campamentos, granjaescuela, guarderías, abuelos, al pueblo con la tía, en casa con la chica…hoy me quedo yo y mañana tú y ya nos iremos de vacaciones juntos cuando, …cuando sea…En verano la incompatibilidad de la vida moderna con la mater/paternidad se hace si cabe más patente.
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Si hay algo que he aprendido de mi maternidad es que para criar hijos y no morir en el intento tienes que ser flexible. Al menos si no quieres ser víctima de un ataque de nervios.
El tema de las rutinas. Reconozco que una cierta rutina puede facilitar la vida. De hecho, sé que todos tenemos rutinas más o menos conscientes, por mucho que nos guste ir de libres como el viento por la vida. Tú antes de irte a la cama haces pis, te lavas los dientes y te pones el pijama. O tal vez lo haces en sentido inverso. Eso sí, quizás no lo sepas, pero lo más seguro es que te pongas primero el pantalón y luego la sudadera, o viceversa. Somos unos seres aburridos los humanos.
Yo era, lo prometo, una persona muy organizada, pero llegó Ana. Y con ella el caos.
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Hoy parece obligatorio escribir una entrada sobre libros, recomendar alguno o criticar algún otro.
En mi familia lo de los libros es una patología. Herencia genética directa de mi padre, mi hermana y yo acumulamos libros como si nos fuera la vida en ello. Y lo que es más, nos los leemos casi todos. Es tan, tan exagerado que tanto mi madre como mi hermana están considerando seriamente la posibilidad de mudarse de piso (yo ya me mudé). Y no, lo de pasarnos al kindle de momento no va con nosotras – tiene una pantalla muy pequeña ¿no creeis?. Además me parece un cacharro insolidario. Hay que ver lo molesto que es ir en el metro y no poder ver la portada de lo que está leyendo el de enfrente. Grrr.
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De vez en cuando las revistas de moda nos bombardean con el típico artículo sobre lo muchísimo que cuestan los bebés. Claro, pensando en que la mayoría de estas revistas se financian bastante a través de la publicidad que incorporan lo lógico es que los estudios, muchas veces de su propia cosecha, le quiten las ganas a cualquiera.
¿Tanto cuesta un bebé?
La verdad es que no. Los bebés cuestan muy poco, porque necesitan muy pocas cosas y muchos de los cacharros que adquirimos, totalmente convencidas de que van a ser imprescindibles, se quedan luego ahí, sin estrenar en muchas ocasiones, o sin amortizar la mayoría de las veces.
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