
La cultura popular considera los genes como estructuras inamovibles, únicamente modificables por situaciones extremas como la radiación o la exposición a compuestos químicos muy agresivos que provocan eso que se llama “mutación” y que acaba, como poco en un cáncer (y como mucho en la aparición de otra especie).
Las investigaciones científicas nos han demostrado que la práctica es mucho más complicada que la teoría. Además de los genes estructurales, que codifican para proteínas y cuyas mutaciones drásticas pueden conllevar enfermedades muy graves, en los genomas de los organismos complejos existe otro tipo de genes cuya acción está mucho más influída por el medioambiente – y se habla de medioambiente como todos aquellos factores que rodean a un individuo. Son los genes reguladores, que, como su nombre indica, regulan la expresión de otros genes. Esto implica que padecer una enfermedad relacionada con los genes no es imprescindible tener una mutación grave en alguno de ellos, sino que el ambiente en el que vivimos puede producir efectos muy parecidos.
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Llega la noche y con ella los monstruos de debajo de la cama…El miedo a la oscuridad es una constante en las noches de familias con niños, al menos durante un cierto tiempo. Esconde además muchas otras cosas, principalmente miedo a quedarse solo, irse a dormir puede ser estresante si no lo llevamos bien, sobre todo al principio. Acostarse con los hijos ha sido siempre mi opción. El colecho se ha practicado y se practica aún en muchas zonas del planeta y dormir separados, como se duerme en Occidente, en realidad es sólo una costumbre muy corta en toda la historia de la humanidad.
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“Acuéstalo solo que se haga independiente”, “no lo cojas que luego se acostumbra”, “déjalo llorar que se le ensanchen los pulmones” – La independencia, una cualidad tan valorada como abstracta.
Hoy me he puesto a jugar con las definiciones.
Se va uno al Diccionario de la Real Academia de la Lengua a buscar “independencia” y se encuentra en un círculo sin fin en el que desde “independencia” accedes a “independiente” de “independiente” a “autónomo” y allí, si tienes criterio consigues “autonomía”, tras lo cual, si no te has suicidado llegas a “condición de quién, para ciertas cosas, no depende de nadie”. O sea, que el independiente es independiente (por lo menos para ciertas cosas). Enorme.
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Las madres (y los padres) nos pasamos la vida dándole vueltas a la cabeza a las decisiones que influyen directamente a nuestros hijos. Los hijos te abren muchas grietas, te hacen cuestionarte todos tus principios y hasta son capaces de darte la vuelta como un calcetín, pero en el camino, nosotros nos angustiamos y sufrimos, perdiéndonos así una parte de su infancia, que es muy corta y que hay que disfrutar al máximo.
Cuando se plantea además una crianza distinta, la crianza corporal, esa que prescribe brazos, cuerpo y leche a demanda, no sólo tenemos que luchar a ratos contra nuestra propia razón, que en más de un caso le lleva la contraria al cuerpo de forma escandalosa, sino que además nos toca luchar contra el ambiente, contra la familia, los amigos, los vecinos, la frutera y a veces hasta contra las autoridades.
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A mí antes no me gustaban los niños. Sin embargo desde que soy madre me da la sensación de que todos los niños tienen algo especial, la sonrisa, el brillo de los ojos, los remolinos del pelo, una nariz respingona o una especial dulzura…Nace un niño e inmediatamente la madre piensa y sobre todo siente que su hijo es el mejor, que no habrá nunca otro que lo iguale, aunque sea el tercero de la familia y aunque los mayores no dejen nunca de ser también los mejores.
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De vez en cuando, mucho más frecuentemente de lo que me gustaría, algún supuesto experto en niños nos habla del enorme beneficio que es para ellos el aprender a tolerar la frustración, conocer de primera mano que la vida es dura, sufrir, en definitiva.
Observo a los adultos, esos expertos en tolerar frustraciones, cuando pierde su equipo de fútbol, cuando les deja una novia, cuando no encuentran aparcamiento y me imagino que tanto entrenamiento finalmente no debe servir para nada. Excepto para vender libros, quizás.
Mi querido Dr. Estivill, neurólogo experto en trastornos del sueño, lanza un nuevo libro en el que tratará de explicarnos a nosotros, atribulados padres, como atender a todas las necesidades de nuestros cachorros, incluyendo las emocionales. Y para dejar claro su punto de vista, asegura que la crisis es lo mejor que le podía pasar a un niño, por aquello de la frustración. Parece bastante obvio lo que se considera “necesidad”.
Mientras me como las uñas de las manos – las de los pies no, pero porque no llego – hasta el mismísimo codo, me acuerdo de mis abuelos, que vivieron una guerra y de mis padres, niños del babyboom de los 40 de postguerra y no puedo evitar pensar que hay gente con la que Freud se pondría las botas. ¿Qué tipo de infancia ha tenido una persona que piensa que sufrir es bueno, para lo que sea? ¿Qué clase de persona es?
De nuevo confundiendo las churras con las merinas hay quién aún hoy en día pretende que creamos que querer a nuestros hijos es sobreprotegerlos, que el amor es una lacra y que cuánto antes aprendan que están solos en el mundo, mejor. Entre otras cosas porque esa es la base del metodito de marras. Y a la vista de la cantidad de ejemplares que vende, debe ser verdad que amar es una carga, te impide forrarte.
Sin nada más que añadir, más que aquel “un poquito de por favor”, que ya somos mayores, todos.
Querer es dar.
Foto | nanny snowflakes