
Deja un cordero, un potro, o incluso un cachorro de perro en medio de la nada de noche y observa lo que ocurre. Los animales diurnos se meten en sus madrigueras o se agrupan cuando llega la noche. El frío, la oscuridad, la falta de visión, los depredadores…la noche activa en los animales una serie de mecanismos que inducen comportamientos destinados a minimizar el peligro. El sistema es muy simple, el estrés se reduce cuando mamá cebra comprueba que su cría anda cerca y protegida por el grupo y la cría reduce su estrés cuando se pega a su madre y se deja proteger. La naturaleza selecciona aquellos animales cuyas caracterísiticas o comportamientos los ayudan a sobrevivir para más tarde reproducirse, ese es el simple truco de la evolución.
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Aunque la noticia ya es antigua, merece un comentario especial. El síndrome de la muerte súbita del lactante (SMSL) es una de esas tragedias inexplicables que suceden a veces en la vida. Ocurre que, repentinamente, un bebé que en apariencia era sano, muere mientras duerme sin que los estudios posteriores puedan determinar el porqué. Simplemente deja de respirar.
La muerte súbita se descubrió allá por el siglo XVII, cuando la mortandad infantil era tan alta que la Iglesia, sospechando que la causa real de la muerte de bebés que dormían con los padres era de hecho puro infanticidio, prohibió el colecho (término que no existe en castellano pero que es ampliamente utilizado en el mundillo de la crianza y que no significa más que compartir cama con el bebé), e instauró la costumbre de la cuna. Es por ello que en sus inicios el SMSL se denominó “muerte en la cuna“, ya que a pesar de las precauciones para impedir que los padres ahogasen a su prole mientras dormían, algunos niños seguían inexplicablemente muriendo.
En la actualidad, las causas del SMSL siguen siendo desconocidas. Se sabe, por ejemplo, que el riesgo aumenta si el bebé duerme boca abajo o si la temperatura de la habitación es muy alta o el bebé está muy abrigado. El riesgo también aumenta si la madre fuma o ha fumado durante el embarazo. Y es mucho mayor en prematuros o bebés de bajo peso.
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Un estudio estadounidense afirma que cada año más de 10000 niños sufren lesiones relacionadas con el uso de cunas, parques y moisés. Los accidentes se producen cuando el bebé trata de salir de la cuna (todos lo hemos visto) y cae, generalmente de cabeza. Según este estudio las cunas son responsables del 83% de estos accidentes y los niños deben ser acostados en cunas homologadas y sin nada dentro, ni mantas, ni cobertores, ni paragolpes, ni nada – aunque estas últimas precauciones tienen que ver con los riesgos de síndrome de muerte súbita del lactante.
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Hoy, aprovechando que tenía la cama hecha – cosa que no sucede todos los días – y que Tarkus Kids tiene en marcha la VI Edición del Carnaval de Blogs de Educación Consciente y Crianza Respetuosa con el tema “Casas aptas para niños” os comento un poquito sobre colecho seguro.
Dormir o no con el bebé es una cuestión cultural.
Dormir con el bebé es bueno para ambos, principalmente si das el pecho el colecho tiene un beneficio claro sobre la duración de la lactancia, pero si no lo haces, dormir con tu hijo también es una buena opción y no sólo porque se descansa más, sino porque es dulce y tierno despertarse con besos pequeños y sonrisas sin dientes. Dormir con mis hijas ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en la vida, creo, sigo disfrutándolo y es un buen apaño para nuestra familia.
Según Margot Sutherland, investigadora británica y autora del libro “La Ciencia de Ser Padres” que trata de recopilar toda la evidencia científica relacionada con la crianza corporal (término acuñado por Ileana Medina que he decidido adoptar para siempre) los niños han nacido para dormir con sus madres hasta más o menos los cinco años. Sutherland llega a esta conclusión mediante la observación directa de otras civilizaciones humanas, tanto actuales como pasadas y a través de recopilaciones de estudios científicos, principalmente estudios de neurología del desarrollo. El padre es opcional, sobre todo al principio, aunque siempre viene bien
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Un rumor corre por las calles: los niños de biberón duermen mejor y por tanto sus mamás se despiertan menos. Atiborrarle a cereales en la “última toma” para ver si así no se despierta, inundarle la cuna de chupetes, enseñarle a dormirse solito por las buenas o por las malas, administrarle jarabes para la tos con codeína, anihistamínicos e incluso melatonina…casi todo vale con tal de que nos deje dormir. Y digo casi, porque vale todo, menos lo más lógico.
Ana nunca fue una gran dormilona. “Los bebés duermen 20 horas diarias” me decían a mí cuando era madre novata y yo pensaba “sí, ya, pues será el tuyo, la mía duerme 20 minutos”. Resulta que he leído que la gente que duerme menos es más lista (vete tú a saber), o sea, en algún momento se confirmarán las sospechas de Papá de Ana y Lara de que nuestras hijas son superdotadas. ¿Es bueno? ¿Te deja dormir? Es la pregunta por excelencia que hacemos a los padres recientes, como si la calidad o cantidad del sueño dependiera de nuestra bondad natural.
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Lara está entrando en esa etapa maravillosa en la que si no duerme siesta es malo y si la duerme es peor, porque luego no hay quién la acueste. Y cualquier excusa es buena para saltarse la siesta, así que, para nuestra desgracia algunos días cae agotada a las seis de la tarde y con diez minutos que duerma ya tiene para tirar otras seis horas. Me resigno, mis hijas son las dos de poco dormir, qué le vamos a hacer si es en lo único en lo que se parecen a mí.
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