El olor de los bebés, mejor que el de las magdalenas

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Por estas casualidades de la vida uno de mis post antiguos favoritos, Mírame y mírame, en el que relataba los resultados de un estudio científico que asegura que mirar a los bebés activa los centros de recompensa cerebrales, volvió a correr por las redes sociales. Esto fue por la mañana. Y por la tarde las coincidencias me regalan otro estudio científico a sumar a éste. De esos que me gustan. Y que dice que el olor de los bebés es tan adictivo como las drogas o la comida.

Y es que los niños huelen tan bien que dan ganas de comérselos. ¿O no? El estudio sugiere que, al igual que ya se había comprobado en mamíferos no humanos, el sentido del olfato actúa como uno de los primeros mediadores en la formación de vínculos con el recién nacido. El mecanismo, el mismo que el de la vista: los sistemas de recompensa de las mujeres que acunaron a un bebé recién nacido se activaron, tanto si era su bebé como si no, incluso en aquellas que no eran madres.

Cuidar a los bebés no es más que una serie de comportamientos muchos de ellos instintivos y mediados por reacciones puramente químicas que no sólo te inducen a realizar acciones en beneficio del niño, sino que además y por el bien de la especie, enganchan, igual que el sexo, las drogas y la comida. O más probablemente sea que éstas últimas adicciones se generan cuando los mecanismos de vinculación se rompieron de manera temprana.

Porque ahora hay que comprobar qué efecto produce en el bebé el olor de su madre. El sentido del olfato se desarrolla intraútero y, aunque bastante olvidado, no hay que desdeñarlo.

Un estudio más que demuestra que si somos una especie altricial, con crianzas muy costosas y bebés muy dependientes, y aún así hemos llegado hasta aquí no es más que porque vincularnos nos gusta. Tanto como las magdalenas. Un estudio que también nos recuerda la importancia de no bañar a los bebés antes de que la madre los reciba. Por el bien de la especie. Y por placer. Porque los bebés huelen tan bien que años después aún lo recuerdas, mejor que el de las magdalenas (con el permiso de Proust).

Foto | Joshua Rappeneker

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