Verano azul

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Llega el verano y con él los problemas de conciliación familiar se convierten en dos cosas: irresolubles o carísimos. Da igual que teletrabajes. Tratar de concentrarse con dos enanas danzando por ahí es imposible, por mucho que aseguren que las mujeres podemos hacer varias cosas a la vez: en el mismo momento en que tu capacidad de abstracción alcanza unas cotas aceptables, empieza bob esponja o la enana se mete en la boca el zapato de la Barbie Mosquetera número 3 (hay cuatro, para el que no lo sepa).

Te debates entre la culpa por no estar pendiente de su seguridad física (ays, mira que si hubiera pasado algo) y la necesidad de tener medio minuto para poder ordenar las ideas con calma. Los campamentos de verano descartados. Además de caros cuando llegan estas fechas Ana ya está hasta la coronilla de levantarse temprano y tener que jugar a juegos con reglas, la socialización tiene un límite, al menos para ella. Con Lara ni de guasa, no porque aún tome pecho – que no sería por ella, sino más bien por mí, las asimetrías también tienen un límite – sino porque en neonatos nos aconsejan no llevarla a la guardería, en casa se estimulan más y hay menos microbios.

En vista de lo visto y como, todo hay que decirlo, mis padres me han abandonado a mi suerte y se han ido de vacaciones – también se lo merecen, son los súperabuelos – he tirado por el camino de en medio y me he venido al pueblo con mis suegros. Y sin el papá.

Así que en cuestión niñas, tengo el problema resuelto. Mis suegros encantados y ellas entretenidas, en la piscina y tan felices. Ni se acuerdan de mí. Casi nunca.

La ventaja del teletrabajo es que lo haces en cualquier parte. El primer año que trabajé desde casa después de que naciera Ana me ventilé la evaluación de 90 proyectos en la recepción de un hotel de la playa, era el único sitio con Wi-fi y se estaba más fresquito que en el cibercafé de turno. Y ahora con la tecnología móvil, todo tenía que ser más fácil ¿no?

Pues no. La conexión a internet es desastrosa. No pasa nada, y trabajar desde una azotea también tiene sus ventajas: aunque desde aquí no se ve el mar, se respira, que ya es algo. Me siento un poco Rapunzel, aquí prisionera en la torre y con estos pelos. Y las vistas no están mal. ¿Verdad? Sí, este móvil es la caña, aunque para el tethering no vaya tan bien.

Aún así, sé que para muchas otras la conciliación laboral es un imposible. Me siento una privilegiada, sé que lo soy, aunque también he renunciado a muchas cosas (por ejemplo a una silla de ordenador en condiciones, pero ya me quejaré del lumbago más tarde). A pesar de todo cuando recuerdo mis veranos me queda la cosa de que algo estamos haciendo mal y no sé si merecerá la pena.

¿Y vosotras cómo lo hacéis?

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2 Comentarios

  1. Ana 15 Julio 2010

    Totalmente de acuerdo, es equiparable a ser ama/amo de casa, nunca desconectas, ni en San Vacaciones ni nunca. Lo he discutido más de una vez con nuestros padres, porque muchas veces nos reprochan que la generación actual no queremos privarnos de nada, y por eso es necesario contar con dos sueldos (como mínimo) en el hogar, cuando lo mejor sería apretarse el cinturón (como hacían ellos) y que cada padre se centrara en su propio rol, ya fuera dentro o fuera del hogar.
    Planteamiento perfecto, pero como ahora casi todas las mujeres tenemos estudios y por tanto nuevas opciones ¿quién se queda en casa y quién trabaja fuera?

  2. Author
    Irene Garcia 15 Julio 2010

    Ya, lo de siempre. Que hacen falta medidas de conciliación. Pero si trabajas en casa y eres autónomo, encima tienes aún menos derechos. ¿Cómo está lo de las bajas maternales para autónomos, que no lo sé?

    Besote wapa, me alegro de verte por aquí 🙂

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