Historias de parto: La llegada de Enoâ

Enoa

Ya sabéis cuánto me gustan vuestras historias de parto y hoy, de regalo de Navidad, os traigo una. Pero ésta, además, es especial y no sólo porque es un parto precioso, consciente, de los que a mí más me gustan, sino además por otros motivos.

Cuando escribes en un blog de maternidad, sobre todo si hablas de una maternidad un tanto “diferente” es muy fácil encontrar mujeres con historias similares a la tuya: cesáreas innecesarias, lactancias difíciles o fabulosas, proyectos de parto en casa…En estas cosas que tiene la vida yo conocí a Desi gracias a Twitter, mientras hablábamos de akelarres y de irnos de fiesta, nada que ver con los enanos. Hace dos años y pico de esto y hoy puedo decir que Desi es una de mis mejores amigas. Son las cosas de internet, casualidad o destino, porque un tiempo después de conocerla en aquellas charlas tontas en la red social del pajarito Desi y yo nos dimos cuenta de que teníamos una historia de maternidad parecida, que criábamos a la teta, defendíamos el parto respetado y habíamos tenido a nuestra primera hija gracias a una cesárea innecesaria. Internet es mágico y de vez en cuando permite estas cosas.

Las redes sociales sirven para esto, para poner en contacto a personas que de otra forma jamás se hubieran conocido y jamás hubieran descubierto que comparten experiencias, vivencias, sonrisas, lágrimas, preocupaciones y sueños. Hoy Desi edita un blog, El diario de la Negra flor, que entre otras cosas tiene como objetivo principal enseñar a manejar el pelo afro (aún recuerdo aquel día en que nos contó espantada que sus chocolatinas tenían piojos, jeje), reivindicar la belleza natural de la mujer y los niños negros y en definitiva compartir sus experiencias por si la magia vuelve a ocurrir, algo que está prácticamente garantizado. Para más facilidades también está en FaceBook, claro 😉

Enoâ llegó a la vida de Desi tal día como hoy, en otra coincidencia mágica de regalo de Navidad. Y Desi hoy nos regala su historia.

¡Feliz Navidad y Felices Partos!

La llegada de Enoâ

Es 25 de diciembre. Fum, fum, fum.Estoy en la cama, calentita, la mar de a gusto. Àfrica se ha despertado; Albert se levanta con ella y me dice que se van al comedor. Le digo que voy a quedarme un ratito más en la cama.

De hecho, más que un ratito, quisiera quedarme todo el día en la cama. No me apetece en absoluto moverme del calorcito de la cama; no tengo ningunas ganas. Quiero quedarme ahí, acurrucada,en mi guaridita, y que nadie me moleste. Por un instante me da por pensar que,quizás, eso sea una señal, que haya llegado el día, y que Enoâ se esté preparando ya para venir.

Finalmente decido que tengo que levantarme. Básicamente porque tenemos que ir a comer a casa de los padres de Albert; así que no me queda más remedio que levantarme. Me dirijo al baño para darme una ducha.

Pongo los pies en el cuarto de baño y, de entre mis piernas, caen al suelo cinco o seis gotitas. No es orina. Me quedo paralizada una milésima de segundo porque me doy cuenta de qué está pasando y de lo que se va a desencadenar a partir de ahí.

Voy al comedor y se lo digo a Albert:“He hecho una fisura en la bolsa, y han caído unas gotitas”. A pesar de que no me lo demuestra (me lo dice después), Albert se asusta un poco. Le digo que, de todas formas, vamos a ir a comer a casa de sus padres, pero que no vamos a decir nada, para que nadie se agobie, la comida transcurra tranquila, y nadie esté excesivamente pendiente de mí. El hecho de que le diga que seguimos adelante con los planes del día, lo tranquiliza; piensa que no será hoy. Me siento emocionadísima. No es miedo, no son nervios. Es emoción pura.Expectación. Me siento como la noche antes de una excursión o de las colonias escolares.

Entro en el foro de CN, y, por fin,puedo abrir un post avisando de que he hecho una fisura. Después de leer cómo les llegaba el momento a tantas y tantas compañeras virtuales de embarazo,ahora es mi turno. Éste es mi mensaje:

Tema: He roto bolsa!
Escrito el: 25 Diciembre 2008 a las 12:48pm
Feliz Navidad a todas!!!

Bueno, parece ser que se acerca el momento. He roto bolsa!! Os cuento. Me acabo de levantar (sí, son las 12.45, ya), porque no tenía ningunas ganas de salir de la cama; yo misma me iba diciendo “buf, no tengo
ningunas ganas de salir de aquí; hoy me quedaría todo el día en la cama”. Hoy, precisamente que tengo que ir a comer a casa de mis suegros. Me he acariciado la panza durante una contracción y le he vuelto a decir a Enoâ, que estoy lista, que salga ya!!

Finalmente he decidido levantarme, y me he dirigido al WC a hacer un pipí, y justo entonces unas cuantas gotitas de líquido caído al suelo!! Me he súper emocionado!!! Así que parece ser que esto empieza ya.

Lo más curioso de caso es que el miércoles, de madrugada, desvelada perdida, me di cuenta que me quedaba por hacer sólo una cosa: despedirme del embarazo. Así que ayer por la tarde, cuando mi costi se llevó a Àfrica a dar un paseo, me senté delante del PC, y escribí una carta. Lo necesitaba. Era como que sentía que era el último paso que debía dar para hacer saber a mi hija que sí, que definitivamente estoy lista para ayudarla a nacer. Y justo, esta mañana, ocurre esto. No es genial?

Bueno, no sé si podré ir entrando mucho. En cualquier caso, le iré mandando algún sms a Gigi (si me encuentro bien), para que os haga de reportera.

Deseadme suerte y mandadme toda la fuerza del mundo, que la voy a necesitar!!

Espero volver a escribir pronto con mi bebota en brazos!!

Hasta luego!

Envío sms a las tres comadronas –Mireia, María y Alicia- y a mi doula, Ana María, para informarles de lo que ha pasado. Mireia me contesta preguntando si tengo contracciones. Hablamos por teléfono y me dice que ya estoy en preparto, pero que esté tranquila y no me ponga a contar contracciones, que, de momento, no es necesario.

Vamos hacia casa de los padres de Albert caminando, jugando con Uri todo el camino. Noto contracciones leves. Como dolorcitos de regla, así que se soportan bien. Es una sensación intermitente: viene, se mantiene un momento y desaparece. Me siento bien. Y estoy contenta, porque esta vez sí estoy sintiendo contracciones. Esta vez mi propio cuerpo se pone de parto, y me siento feliz de estar experimentándolo.

La comida transcurre sin más. Las contracciones van y vienen. Como estoy de cháchara con mis suegros y mis cuñados, me cuesta muy poco no reparar en ellas. Me siento tranquila… ¡y me pongo las botas comiendo! Después de la sobremesa decido ir a uno de los dormitorios, a descansar un rato: totalmente imposible con la jarana que hay en el salón. En vistas de que es imposible descansar, y de que Àfrica Uri tampoco ha dormido siesta, le digo a Albert que mejor nos vamos para casa, así Uri podrá descansar un rato. Y porque me apetece horrores irme para casa.

Por el camino Uri empieza a dar muestras de querer dormir, así que Albert la carga en brazos y se duerme al momento. Yo sigo notando las contracciones. Ahora son algo más intensas, pero del todo soportables. Llegamos a casa, y Albert deja a Uri en la cama, porque sigue durmiendo. Nos quedamos en el comedor, y ponemos la tele, por ponerla, porque, por lo menos yo, la miro sin verla. Me siento en la pelota, y voy moviendo las caderas. Cuando viene una contracción, boto en la pelota, y así la paso mejor.

A pesar de que recuerdo que Mireia me aconsejó no controlar el tiempo de las contracciones, me da la sensación de que son muy seguidas, así que le propongo a Albert que las controlemos durante una hora, para saber su frecuencia. Cuando viene una contracción le digo a Albert “otra” y él la anota. Mientras él está reloj y bolígrafo en mano, apuntando la frecuencia de las contracciones, yo estoy preparando la bolsa con la ropa de Uri, que estará a casa de sus abuelos durante el parto; así puedo ir moviéndome y consigo estar distraída. Mi intuición se confirma: las contracciones son cada tres o cinco minutos. Las sigo soportando bien, y sigo preparando cosas, a pesar de las contracciones.

Uri despierta de su siesta. Y mi cuerpo, que es muy sabio, espacia las contracciones mientras ella está por el piso: pasan a ser cada diez, doce o incluso catorce minutos. Pero la verdad es que, en ese momento, no me apetece demasiado tener que estar pendiente de mi hija. Suena extraño, pero es así. Tengo la necesidad de alejarme, aislarme de ella, para que lo que está ocurriendo dentro de mí siga su curso. Así que decido encerrarme en el cuarto de baño. Enciendo un par de velas, lleno la bañera con agua calentita, y me meto dentro. Estoy genial.

Las contracciones son intensas, pero en el agua las soporto muy bien, aunque empiezan a ser algo molestas. No tengo ni idea de qué hora es, pero tampoco quiero saberlo para no ponerme paranoica por el tiempo que ha pasado o ha dejado de pasar. Si no sé la hora, no me agobiaré pensando en que llevo mucho o poco tiempo así.

Cuando Uri ya está durmiendo, Albert viene al cuarto de baño, a hacerme compañía. Se sienta en el suelo, y volvemos a contar contracciones. Comemos unas mandarinas y charlamos poco, porque yo ya no estoy en disposición de hablar mucho, pero me gusta que esté conmigo. Al cabo de un rato, le sugiero que se vaya a dormir a la habitación del pasillo, para que descanse un rato; le digo que, si hay algo, le avisaré.

Para distraerme del dolor hago una visualización: en las sesiones que hicimos con Ana María, y a raíz del trabajo que nos hizo hacer dibujando lo que creíamos que podrían ser los escudos familiares de cada uno de nosotros, Ana María dijo una frase que me gustó mucho sobre el escudo de Albert, que incluía agua y una flor (entre otras cosas): un nenúfar que se abre. Y eso es lo que intentaba visualizar en la bañera: mi cuerpo, como un nenúfar que se abre para dejar paso a nuestra pequeña semilla. Un nenúfar gigante, como los que vimos en el jardín de Pamplemousses, en nuestro viaje de novios a Mauricio. Con cada contracción, hago ese ejercicio de imaginar que mi útero se abre, cual nenúfar. Pruebo, por un momento, imaginarme saltando olas, como me había comentado Rita, pero no funciona; en cambio, soy más capaz de identificarme con la flor que se abre.

Salgo de la bañera, me pongo un albornoz, y me voy al comedor un rato con la intención de tumbarme en el sofá; pero antes, me hago con todos los cojines y almohadas que puedo, a fin de estar bien cómoda. Enciendo tan sólo un par de velas para que alumbren ligeramente el comedor. Al cabo de un rato de haberme acomodado, noto un chorro de líquido caliente que corre entre mis piernas: he roto aguas. Son las 4:30 de la madrugada. Se lo digo a Albert. Soy consciente de que ahora, con la bolsa rota, las contracciones van a ser muchísimo más intensas. Ahora empieza lo bueno.

Intentando mantener la calma en todo momento, a pesar de que las contracciones ya empiezan a ser muy fuertes, vuelvo al baño, y lleno la bañera de nuevo con agua caliente. Me sumerjo. El calor me alivia; pero me gustaría tener más movilidad: mi bañera no es muy grande, no lo suficiente, y siento que me falta espacio. Sigo visualizando. Nenúfar. Nenúfar…

Al cabo de lo que, para mí es un rato –pero no sé si media hora, una, o dos–, salgo del agua. Le digo a Albert que llame a mi doula y a mi comadrona, porque esto ya va muy en serio. Estamos en el comedor. Me pongo a cuatro patas; respiro profundamente porque así paso mejor las contracciones. Pasado un buen rato así, empiezo a desesperarme un poco, y deseo con todas mis fuerzas que llegue Ana. Con ella a mi lado, me sentiré más segura; lo tengo clarísimo. Albert llama a Ana –a las seis menos cuarto de la mañana, aproximadamente–, que le pide que me ponga al teléfono, para oírme respirar. Albert acerca el teléfono a mi boca, para que Ana pueda oírme. Según lo que ha oído, le dice a Albert que se viste y viene, y que llame también a Mireia (que nos comentó que, por cortesía, antes de las seis de la mañana, intentáramos no llamar, si no era urgente). Yo sigo jadeando, basculando la pelvis en cada contracción, y llamando a Ana. Decido volver al calor y al alivio del agua de la bañera.

Cuando oigo el timbre del portero, me siento aliviada, y todavía más aliviada me siento cuando Ana abre la puerta del cuarto de baño. Me refresca la cara con agua fresca, y el contraste del agua fría en la cara con el agua caliente del cuerpo me sienta genial; le digo que quiero seguir en el agua. Son cerca de las siete de la mañana. Sobre las siete y cuarto llega Mireia; me encuentra en la bañera, de lado, gimiendo durante las contracciones, que son largas e intensas, y murmurando. Nenúfar, nenúfar…

Ahora que Ana y Mireia están en casa (son las ocho menos cuarto de la mañana), Albert se lleva a Uri, que se ha despertado hace poco, a casa de los abuelos. Sigo en la bañera, gimiendo profundamente, mientras en el comedor Mireia monta la piscina de parto y la llena de agua, ya que me apetece seguir sumergida, porque así soporto mejor las contracciones. Cuando la piscina está llena, Ana me ayuda a salir de la bañera, y me lleva del brazo hasta el comedor. De camino al comedor, noto un olor, proveniente de la cocina, que me resulta de lo más nauseabundo: es la infusión de canela que Mireia ha preparado para que me tome, pero, vista mi reacción, queda descartada por completo. Me meto en la bañera y me pongo de rodillas un rato. El agua de la piscina está muy caliente y lleva un poco de sal. Estoy muy a gusto. Las primeras contracciones intensas que Albert presencia, a la vuelta de casa de sus padres, lo asustan, y se le escapa una risa nerviosa. Sin abrir los ojos, le advierto muy seriamente de que le echaré si vuelve a reírse; evidentemente, la amenaza le templa los nervios. Cierro los ojos y me relajo.

Sigo en la piscina, porque se está genial, con el agua tan calentita; voy jadeando, suelto algún que otro taco y me voy dando ánimos a mí misma durante un buen rato. Me apetece música. Para la ocasión, y según lo que me apeteciera, he grabado dos CD con música: uno con música tranquilita, y otro con samba, mambo, batucada y más música bailable. En ese momento me apetece música tranquila. Albert pone música. Me dejo llevar, y canto entre contracciones, doy palmas y bailoteo, arrodillada en la piscina, entre gemidos y voces –cosa que hace sonreír a mis acompañantes–. En un momento determinado me siento muy energética, con mucha fuerza y así lo grito: “¡Me siento fuerte!”. Cuando tengo contracciones, Ana respira o grita conmigo, y eso me ayuda y me anima mucho.

Las contracciones siguen siendo fuertes. He conseguido desinhibirme y grito cada vez que el cuerpo me lo pide. Durante las contracciones, me pongo a cuatro patas en el agua, y Mireia me masajea el sacro, Entre masajes, Mireia me dice que voy bien, que pariré esa mañana, seguro, que será de día, y no muy tarde; todo esto, sin haberme hecho un solo tacto. Cuando la contracción termina, me dejo caer en el agua, y Albert me refresca la cara con agua fría. Me encanta esa sensación, me alivia, me sienta bien. Son las nueve de la mañana.

Sigo con contracciones intensas; noto mucha presión y hago pujos suaves, respirando muy fuerte. En una de las contracciones me doy cuenta de que estoy respirando sola, porque Albert, Ana y Mireia están en otros asuntos, así que les grito “¡que alguien respire conmigo!”, e ipso facto, los tres me acompañan en la respiración.

A pesar de que me había hecho el propósito, hacía muchos días, de no preguntar en ningún momento por el proceso de dilatación, no puedo evitarlo y se lo pregunto a Mireia, que me pregunta si quiero que me haga un tacto; le digo que sí. Anteriormente, Mireia me ha ofrecido hacerme algún tacto y me he negado. Me dice que voy muy bien. Le contesto que ir muy bien puede ser estar de siete centímetros o puede ser estar de nueve. Me dice que estoy más cerca de los nueve que de los siete. Eso me anima muchísimo. Son las diez menos cuarto.

Mireia me recomienda salir de la piscina, para tener más movimiento, y me ofrece sentarme en la silla de parto. Empiezo a pujar, espontáneamente, pero no muy fuerte aún. No estoy nada cómoda en la silla porque, con cada contracción, mi reflejo es arquear la espalda, lo que me produce más dolor y me incomoda mucho, así que me pongo a cuatro patas en el sofá, gimiendo y gritando fuerte. Ana y Mireia, nos recomiendan, entonces, que nos vayamos Albert y yo un rato al cuarto de baño. El corto trayecto hasta allí se hace difícil; hay un momento en el que me pregunto cómo diablos voy a llegar hasta allí caminando entre contracciones. Los tres me ayudan.

Llegamos al cuarto de baño. Nos quedamos solos Albert y yo, pero no quiero estar sola. Gimo muy fuerte, con un sonido muy gutural. Los pujos se intensifican. No quiero seguir en el baño. No estoy cómoda sentada en el WC, porque sigo arqueando la espalda. Llamo a Ana a gritos, porque la necesito cerca.

Del sofá, vamos a la habitación, me pongo a cuatro patas, pero tampoco estoy cómoda, así que probamos otra cosa. Hemos colgado uno de mis fulares de la puerta de la habitación de las niñas, para que pueda colgarme de él durante las contracciones. Lo pruebo un par de veces, pero lo que nos había parecido una idea genial en las visitas con Ana y Mireia, no me gusta nada, no me siento nada cómoda, así que digo que quiero volver a la piscina. Así que ahora toca volver desde la última habitación de la casa hasta el comedor. Tengo una contracción y me cuelgo (literalmente) del cuello de Albert. Me cuelgo varias veces del cuello de Albert que, en alguna de esas contracciones nota cómo la barriga pega un fuerte bajón.

Por fin vuelvo a estar donde mejor me siento, en la piscina. Me pongo a cuatro patas, y ya noto pujos muy intensos con cada contracción. Ana me sostiene abrazada, sentada frente a mí, fuera de la piscina, en la silla de parto; yo le rodeo la cintura con los brazos. Albert está a mi lado, y me va ofreciendo agua con una pajita, muy a menudo, y homeopatía, y sigue refrescándome la cara: toda una bendición.

Empiezo a estar realmente cansada. En cada contracción noto muchísima presión en las lumbares, y esa presión me está agotando, y me deja sin fuerzas para seguir pujando. Grito con los pujos. Ana grita conmigo; le grito a mi hija que salga. Grito su nombre con fuerza en algunas contracciones; en otras, canturreo su nombre, en una especie de invocación, llamándola, invitándola o suplicándole que salga, no lo sé muy bien. Ana me pregunta si quiero abrazarme a Albert; le digo que no. Le vuelvo a pedir un tacto a Mireia porque siento algo en la vagina. Me dice que ya le toca la cabecita. Estoy ya muy cansada. Entre bromas, le digo a Mireia que, en cuanto asome el primer mechón de pelo de la niña, tire de él para sacarla, que si se lo arranca, todo se solucionará poniéndole un gorrito. Los tres se ríen. Yo ya no tengo fuerzas ni para eso. Son las doce del mediodía.

De repente noto que me quemo, literalmente, me arde la vagina. El famoso aro de fuego. Por fin lo siento, después de haber oído hablar tanto de él. En ese momento grito horrorizada (son los únicos gritos de dolor de todo el parto) porque me quemo. Y grito. Que me quemo. Que me muero. Que nunca más. Que quema mucho.

Son sólo tres pujos en que noto esa quemazón increíble, que son los tres pujos en los que sale la cabeza de Enoâ: primero, la frente; luego, hasta la nariz, y finalmente toda la cabeza. En ese momento, Albert ya empieza a derramar las primeras lágrimas, y a animarme mucho, porque ve que la pequeña Enoâ va haciendo muecas, y que, realmente, ya no queda nada. Mireia me dice que toque, que la cabeza está saliendo, pero no me niego en redondo todas las veces que me lo sugiere. No quiero tocarle la cabeza. Quiero que salga ya.

Tengo que seguir pujando para que salga el cuerpo de mi hija, pero ya no tengo fuerzas. Me duele muchísimo la espalda; quiero seguir pujando con cada contracción, pero no puedo, y eso me entristece, porque quiero ayudar a mi hija a salir, pero ya no puedo más, así que no puedo hacer mucha fuerza adicional cada vez que siento un pujo. Finalmente, hago acopio de toda la fuerza que puedo, y en un pujo, y con la ayuda de Mireia, sale el resto del cuerpo, mientras grito con todas mis fuerzas.

De repente, oigo a Mireia que me dice “¡cógela, cógela tú!”, así que meto las manos en el agua y busco un cuerpo pequeño y escurridizo. Son las doce y veintiocho minutos del viernes, veintiséis de diciembre de 2008. Y cojo a mi pequeña, que me mira con los ojos muy abiertos, con mucha curiosidad, y muy tranquila. En ese momento, Ana y Mireia desaparecen; nos dejan solos a los tres, en el comedor, conociéndonos, sonriéndole a la pequeña princesita, embobados perdidos. Y la miro, y entonces rompo a llorar como nunca, mientras digo “¡he podido!”, y lloro, lloro muchísimo. Y Albert, detrás de mí, fuera de la piscina, también llora, emocionado.

Porque he podido. Y ese “he podido” es la constatación de que, efectivamente, he parido a mi hija como me había propuesto, conscientemente, activamente. Y ese “he podido” me libera de los miedos de todos los que me llamaron loca por querer parir a mi hija en casa; y me hace superar el estigma maldito de la cesárea innecesaria del nacimiento de Àfrica. He podido. Y me siento feliz, inmensamente feliz como jamás me he sentido.

Cojo a mi hija y, como la quiero poner al pecho y la piscina está muy llena, me ayuda, Mireia, Albert y Ana, a salir del agua y tumbarme en el sofá, unida a mi pequeña por el cordón umbilical, un cordón larguísimo y que late, bombeando sangre para mi pequeña. En ese momento se me hace muy presente lo que comentó una chica en una de las reuniones de familias de Marenostrum: el parto no termina hasta que no sale la placenta. Y así es.

El cordón sigue latiendo, y yo sigo notando presión en las lumbares en cada contracción, lo cual me resulta desesperante, porque, ahora que tengo a mi niña en brazos, quiero descansar. El cordón sigue latiendo durante casi media hora; cuando deja de latir, Mireia le pregunta a Albert si quiere cortarlo, y él asiente. Una vez cortado el cordón, me preparo para el siguiente pujo, y empujo con fuerza para alumbrar la placenta, y Mireia nos la enseña; y puedo ver la que ha sido la morada, el nido, el refugio de mi pequeña durante cuarenta semanas y dos días. Después de revisarla, y ver que ha salido toda, Mireia se la lleva a la cocina y nos prepara el batido con un trocito de placenta y muchas frutas, que sabe riquísimo.

Y así nos quedamos Enoâ y yo; tumbadas en el sofá; yo, tomando batido, zumos y agua, mientras Albert, Ana y Mireia se comen unas gambitas a la plancha en la cocina. He perdido bastante sangre porque la niña ha nacido muy grande (4,550 quilos, 53 centímetros, y no tengo más que pequeños cortecitos; nada de desgarros), por lo que me recomiendan comer alimentos ricos en hierro, así que le digo a Albert que vaya a casa de la vecina, Maria Rosa –que cocina estupendamente– y le pida un platito de lentejas, que me apetece mucho. Como hay mucha confianza, Maria Rosa no nos hace un plato: nos hace una olla.

Y me paso la tarde tumbada en el sofá con mi pequeña encima, mirándola, enamorándome cada vez más de ella, a pesar de todas esas dudas que tenía durante el embarazo, porque no sabía si sería capaz de querer a otra personita tanto como quiero a Àfrica Uri.

Me siento cansada, y un poco débil, pero estoy maravillada, porque estoy en mi casa, en mi sofá; y por la noche, me levanto, me siento a mi mesa y me ceno un plato de lentejas estupendísimo. Y pienso qué mejor sitio para parir que la propia casa. Y pienso también que ha sido precioso, agotador, intenso, pero precioso.

Y ya hace cinco años.

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2 Comentarios

  1. Janet 27 Diciembre 2013

    lo mejor de conocer a Desi es saber que hay una mujer empoderada que logró un parto soñado. Gracias a las dos por compartirlo. Y Feliz Aniversario :).

  2. Gabriela Torres 4 Junio 2014

    El parto natural es hermoso, y saber que hay tantas formas de llevarlo a cabo, te felicito, tuviste el parto que muchas soñamos y no todas pueden tener, la experiencia es única.
    Parto natural

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