Día del libro

Aunque creo que cada libro tiene su momento y que muchas veces con los libros pasa aquello de “no eres tú, soy yo” y eres tú el responsable de no estar preparado para el libro en cuestión, también creo que si un libro no te cambia aunque sea un poquito es que no ha merecido la pena leerlo. Hay momentos en la vida en que uno tiene que leer libros peligrosos, de esos que incomodan en las tripas. Porque tal vez te estén salvando la vida.

Por ser hoy el día del libro y aunque no me guste recomendarlos, porque a mí los libros me escogen, no los escojo yo, voy a contaros lo que son para mí tres clásicos en el mundo de la maternidad y después vosotros decidís si queréis leerlos – si no lo habéis hecho ya.

El Gran Libro del Prematuro. Lo leí al llegar a casa con Lara, en el momento justo. Riguroso, exhaustivo, claro y conciso. Es un buen libro. Y carente de toda capacidad de esperanzar. Cuando llegué a la parte en la que explica que lactar a un prematuro es prácticamente imposible y casi nadie lo consigue (y te explica amablemente que no has de sentirte culpable por no lograrlo y lo bien que están las leches de bote de ahora) cogí el libro y lo lancé contra la pared. Porque algunos libros no sólo sirven para leerlos. Y en julio mi prematura cumplirá cuatro años sin haber probado ni un gramo de leche en polvo.

La Revolución del Nacimiento, de Isabel Fernández del Castillo es un libro para valientes. Incómodo, duro, lo leí despacio, hasta que dejé de llorarlo – y lo lloré mucho. Si has tenido un mal parto piénsalo antes de cogerlo, pero no dejes de leerlo alguna vez. Porque después de digerirlo la Revolución del Nacimiento es el mejor libro para que mandes al garete ese complejo de culpa que se te hace bola cada vez que lees algo sobre el número de cesáreas o lo horrible de unos fórceps. Eso sí, Isabel no se anda con tonterías y al libro hay que echarle valor. Después de él puedes empezar a andar.

Y el último, por supuesto no podía faltar.

Con una niña de unos tres meses, un estupendo síndrome de estrés post-traumático – el parto de Ana fue un shock en toda regla – y a punto de morir por deprivación de sueño, un día, justo tras sentirme culpable y mala madre por meter a la niña en mi cama para intentar dormir un poco, decidí que igual ya era hora de leer Bésame Mucho, de Carlos González. Con los ojos como platos primero y una sonrisa después, Bésame Mucho fue rebajando mi nivel de estrés, quitándome el miedo, devolviéndome a mi hija y devolviéndome al mundo. Tierno, entretenido, divertido, irónico y sobre todo plagado de obviedades. De esas obviedads que por ser tan obvias hemos olvidado. En Bésame Mucho yo me reencontré con la humanidad. Porque en el principio no había cunas, a mí Bésame Mucho me salvó primero de morirme de sueño, literalmente y después de convertirme en un tipo de madre que yo no quería ser (aunque en ese momento ni siquiera lo supiera).

Tras ocho años de maternidad y tan cabezona como soy me he leído casi todo – en realidad me falta muchísimo, pero creo que ya va siendo hora de ir cambiando de tema que especializarse tanto es el mal – desde Estivill a Laura Gutman, Michel Odent y Penelope Leach, libros al más puro estilo supernanny de los que he olvidado el autor, la Solther, el Larousse del bebé…sobre maternidad está casi todo escrito, pero sin duda estos tres libros, cada uno a su modo, han cambiado mi vida.

Los libros, según los estudios científicos, nos hacen sentir bien. Algunos durante y otros después y otros sólo cuando los descartas. Feliz día del libro.

Y vuestros libros ¿cuales son?

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