Comunicación

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No sé si sabéis que he tenido muchos problemas con la pediatra de Lara. Los problemas venían ya de antes, por culpa de la lactancia. Curiosamente ella sólo dió teta hasta los cuatro o cinco meses, después “se quedó” sin leche, así que todo lo que fueran cinco meses le parecía muy bien, pero después la cosa empezaba a complicarse. La pediatra de mis hijas ha asegurado cosas como que yo tenía problemas psicológicos o que les iba a provocar problemas psicomotrices a mis hijas.

Con Lara la cosa era bastante peor. Al haber nacido tan pequeña la pobre fue víctima de un exceso de celo por su parte. Cada vez que la llevaba porque tenía un poco de tos la ponía un ventolín y me mandaba corriendo a urgencias, con frases como “si no estuviera el abuelo te mandaría en ambulancia” o “el estado de la niña es acojonante” (literalmente). Cuando llegábamos a urgencias los pediatras del 12 de octubre no atinaban a decir nada más que “yo no oigo nada”. Nos tenían allí horas y horas hasta que se le pasaba el efecto del broncodilatador y después nos mandaban a casa con un “pues no sé, dale ventolín cuando tú la veas, las madres sois las que mejor sabéis qué tal están los niños”. Llegó un momento en que perdí el criterio, no sabía si mi hija estaba gravísima o tenía un simple catarro de mocos. Mi pediatra era capaz de modificar las pautas de ventolín recetadas por el neumólogo al día siguiente y al grito de “está fatal”. Un espanto.

Afortunadamente Lara ya no tiene bronquitis y los últimos catarros ha sido suficiente con acudir a urgencias para que nos asegurasen que eran infecciones de vías altas. Afortunadamente tampoco ha tenido mucho más y he podido evitar el acudir al centro de salud.

El otro día la que se puso mala fue la mayor. La llevó mi padre. Y entonces mi pediatra confesó que Lara le daba mucho miedo, lo que por otra parte es del todo lógico. Mi reflexión es la siguiente: ¿no hubiera sido mucho más sencillo si ella hubiera confesado desde el principio que Lara le daba mucho miedo? La solución podrían haber sido tan simple como que me aconsejara llevarla siempre primero a urgencias y una vez valorada que la acercara por allí y así ella misma hubiera podido beneficiarse de haber atendido a una prematura, aprendiendo indirectamente a través de Lara y de mí de gente que ha atendido a muchos prematuros.

Nadie en su sano juicio va a exigirle a un pediatra de ambulatorio que tenga una amplia experiencia atendiendo a niños “especiales”, porque afortunadamente los niños “especiales” no abundan y la mejor maestra es sin duda la experiencia. Pero a los pediatras (y a todos los médicos) sí que se les puede pedir una buena comunicación con sus pacientes, o en este caso con los padres de los pacientes. Con una comunicación honesta, basada en una relación horizontal en la que ambas partes aprovechan la experiencia de la otra y comparten información para beneficio de ambas, todo hubiera sido mucho más fácil. Por supuesto para que esto se hubiera dado en el caso de mi pediatra ella tenía que haber reconocido sus limitaciones. Y eso parece que es bastante difícil de hacer, para según quién. O tal vez no lo hizo precisamente porque era yo.

Mantener una buena comunicación con los padres de un paciente creo que es fundamental a la hora de cuidar de la salud de un niño. Los padres acudimos a los médicos porque son los especialistas en enfermedades infantiles. Pero los padres también tenemos mucho que decir, porque somos los que mejor conocemos al niño. El caso de Lara, que yo viví con un enorme estrés, porque ya no sabía si la niña estaba para ingresarla o le valía con un poco de suero fisiológico en la nariz, es muy chocante por lo extremo. Pero seguro, seguro, que una buena comunicación sería beneficiosa para todas las partes, lo que beneficiaría a la salud del niño y a lo mejor hasta ahorraba costes. Vale, no digo que con todos los padres sea posible (aunque seguramente lo sea con la gran mayoría) pero sí debería serlo con todos los pediatras.

Una pena, porque la verdad es que para Ana (asuntos de lactancia a parte) había sido una magnífica pediatra.

¿Qué tal vuestras experiencias?

Foto | Marniejoyce

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1 Comentario

  1. LUCÍA 14 Junio 2011

    Me he sentido totalmente identificada con tu historia. Mi hija, la segunda, también tuvo su primera bronquiolitis con 6 meses, en pleno verano. Cada vez que iba al pediatra y me decían que no tenía nada cuando yo veía que sí tenía algo, en principio serio, o cuando iba y le daban más importancia de la que a priori yo veía… me subía por las paredes!!. Puse varias quejas, pues llegaron a diagnosticarle hasta un cáncer!! y lo que la pobre tenía no eran más que llagas en la boca, fruto de una bajada de defensas tras varios tratamientos con antibióticos.
    Me sentía frustrada y pedí el cambio de centro, hasta que un día di con un magnífico pediatra que la ha tratado de maravilla y SIEMPRE ha acertado (espero que no nos lo quiten!!).
    No digo que tengan que controlar todo, pero un niño con antecedentes respiratorios importantes debía de ser para ellos una cuestión de manual.
    Por cierto, a mi hijo el mayor, que es alérgico y tiene ataques de tos en según qué temporadas, querían que lo tuviera un año a base de ventolín, sin hacerle ningún tipo de prueba!!, según me dijo la supuesta doctora, porque era pronto para hacer una valoración, tras 3 meses de no dormir una sola noche de tirón por culpa de la tos…

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