Esta es la revolución sexual

Source: karneeva.com via Irene on Pinterest

Cuando hace algo más de ocho años me caí del guindo ir por ahí diciendo que la maternidad es parte de la sexualidad femenina, algo que ahora veo y siento con claridad meridiana, era casi una herejía. Aún recuerdo mis kilométricas discusiones con aquella feminista radical-radical que me increpaba que ella prefería morir a considerar la lactancia como parte de su vida sexual, la pobre, qué mala vida me daba, a las tantas de la madrugada porque encima era argentina.

Más de ocho años después sigo afirmando sin despeinarme que reducir la sexualidad al coito, o al acto sexual no es sólo incorrecto, sino que es además una estupidez, que hace que te pierdas experiencias tremendamente enriquecedoras, empoderantes y sobre todo placenteras. Más de ocho años después digo sin cortarme que la maternidad no sólo es parte de la sexualidad sino que además es, o puede ser sensual, en un sentido mucho más amplio de lo que se considera sexo. La maternidad, el parto, la lactancia, son sexo.

Pero aunque yo ya llegué a un punto en el que lo que diga una feminista por muy argentina que sea me importa bastante poco, aún hoy me sigo regocijando cuando encuentro otras mujeres que no sólo piensan como yo, sino que lo expresan. Sobre todo, y porque yo siempre he sido más de prosa, cuando lo hacen las poetas – o poetisas.

Os dejo hoy un poema de Gioconda Belli, a la que descubrí hace tiempo, pero que está ocupando bastante mi mente en los últimos días, poetisa nicaragüense de textos cargados de erotismo. Porque la maternidad es la siguiente revolución sexual. El poema, de lactancia. Para deleitarse aunque sea en el recuerdo. A mí desde luego me trae momentos preciosos a la memoria. De una lactancia tranquila, placentera, gozosa. De noches de jazmines o de tardes de playa. De mis niñas y yo. De piel. Del poder de mi cuerpo.

Dando el pecho

Al cogerla tengo que tener cuidado

Es como tratar de cargar un montoncito de agua
sin que se derrame.

Me siento en la mecedora,
la acuno,
y al primer quejido,
empiezo a dar leche como vaca tranquila.

Ella vuelve a ser mía,
pegadita a mí,
dependiendo de mí
como cuando sólo yo la conocía
y vivía en mi vientre.

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