Nos ha tocado la loteria

suerte

¡Sí! Nos ha tocado. Y eso que, lo que se dice al Gordo no jugábamos y seguimos siendo igual de pobres que ayer, pero hoy, el día de la suerte, estamos segurísimos de que tenemos mucha.

Sólo tenemos que mirar un poco hacia abajo. Ahí están, peleándose entre ellos, bañando por enésima vez al perro, enredando con la harina o liando alguna peor, pero ahí están. Los niños. Suaves y calentitos, con su sonrisa espontánea o su llanto desgarrador y con sus ojos brillantes los niños nos enseñan un día tras otro qué es lo importante.

Cuando los abrazas o los besas, cuando los arropas, cuando se parecen a ti y cuando tienen una rabieta, los niños saben vivir. Comiéndose todo el chocolate del calendario de Adviento el mismo día, queriendo salir a patinar cuando llueve a cántaros, embelesados con los dibujos animados o desmontando – otra vez – el árbol de Navidad, los niños viven constantemente, ajenos a las preocupaciones del futuro y a los dramas del pasado, eso que ahora llaman mindfulness, viven en el presente intensamente, da igual que rían o lloren.

Nuestros hijos nos enseñan una y otra vez el valor del amor, de ese del bueno, incondicional e inocente, sin prejuicios. Nos muestran que se puede vivir sin compararse con otros, sin juzgar a los demás, sin preocuparse. Tener hijos, sobre todo en Navidad, te devuelve una parte de tu infancia, aquella en la que creías que todo era posible, que la magia existe, que no había nada más importante que disfrutar, jugar, estar con los que te quieren.

Con sus preguntas absurdas y sus juegos locos, los niños nos devuelven la curiosidad por el mundo, las ganas de divertirnos, nos enseñan que sólo hay que tener miedo al miedo, que se puede cantar mal y bailar como si nadie te estuviera viendo, que la purpurina mola y que puedes disfrazarte casi con cualquier cosa.

Cada niño es único. Cada uno es un premio.

Y sobre todo, nos quieren.

Tenemos mucha suerte.

Nos ha tocado la lotería con nuestros niños.

Foto | Rebecca VC1