Los otros veranos II

Calpe (2)

Verano en la playa con mis hijas. Es el séptimo, pero es el primero que paso sola con ellas. Volver a Calpe, como tantos veranos de mi vida, me produce una mezcla de sensaciones distintas ahora que soy madre.

La comparación es inevitable, como comenté el otro día, la pérdida de libertad es patente en este mundo tan avanzado. Pero el verano también trae otras cosas.

Los amigos. Ana llevaba varios días inquieta. Venir a Calpe significa “pandilla”. Más allá de los amigos del cole, con los que se comparten taeras, extraescolares y rutinas, en verano Ana tiene amigos distintos, los mismos todos los años. La emoción del reencuentro la impide dormir varios días antes de volver a verlos. El “¿cuándo llega Ele? ¿Ha llegado Ele ya? ¿Podemos ir ya a ver a Ele?” ha sido el estupendo hilo musical de los últimos días.

Ele ya ha llegado (Laura, la otra amiga, ya estaba aquí). Un año sin verse y es como si no hubiera pasado el tiempo. La amistad se retoma como si nada. Ellas están juntas porque quieren, salvando incluso el problema de no compartir lengua materna. Es indiferente.

Verlas juntas me recuerda a mí. Porque Ele – y otros niños – son los hijos de mis amigos de entonces. Contemplar a mi hija me devuelve a mis primeros veranos, me recuerda aquellas épocas de felicidad total, cuando el tiempo es tuyo y todo está por descubrir.

El verano es una de esas épocas en las que los hijos te enseñan más cosas. De la importancia de la libertad y el juego, de olvidarse del estrés y las obligaciones, de aprender de nuevo a vivir sin prisas, dejándose llevar. Y sobre todo de la importancia de los amigos.

Los niños son una oportunidad. La mejor segunda oportunidad de la vida. No hay que perdérselo.

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