Etiquetas

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A los seres humanos nos encanta clasificar, compartimentar y etiquetar, con la consiguiente tendencia a juzgar según las etiquetas que nosotros mismos ponemos. A veces es inevitable, ponerle nombre a las cosas, describir a las personas con palabras nos permite entender el mundo. Pero las etiquetas marcan, como si fueran casi las etiquetas de los precios.

La lista. Yo era la lista de mi familia, lo que equivalía casi inmediatamente a que mi hermana era la tonta, o al menos la “no tan lista”. Además ella era la guapa y yo la responsable, ella la graciosa y yo la seria. Casi cuarenta años después las etiquetas que nuestros padres, familiares y maestros nos pusieron nos siguen pesando. Y han tenido que pasar cosas, cosas no agradables para que ambas hayamos empezado el camino de quitárnoslas.

Querría ser un poco más guapa, aunque sé que fea no soy, algo en mí me dice que nunca igualaré a mi hermana. Y sí, es posible que objetivamente ella sea más guapa que yo, tenga la nariz perfecta y el pelo más bonito, pero yo soy más alta y tengo mejores piernas. Eso sí, no me arreglo nada ¿para qué? También me gustaría ser menos responsable, probablemente eso me hubiera venido bien en muchas épocas de mi vida.

Etiquetar a los hijos, sobre todo si no son únicos, equivaldrá a que ellos, que son siempre buenos y generosos y quieren complacernos, dejen de ser quien realmente son e intenten siempre alcanzar el ideal. El listo, el bueno, el trasto…como la profecía autocumplida si etiquetas a tu hijo no podrá evitar compararse y tratar de ser lo que tú dices que es.

Intenta no etiquetar a tu hijo, sobre todo si la etiqueta no es especialmente agradable, pero también si según tu forma de ver el mundo sí que lo es.

No es sencillo, yo lo sé y yo misma etiqueto a mis hijas, pero si no lo logras al menos intenta ser claro con una cosa: nadie tiene que ser listo siempre, o siempre bueno o responsable, ni siempre tiene que estar guapo. Permíteles fallar. Y no los juzgues.

Foto | rosieapples

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