Día Mundial del Sueño Feliz

Ayer, 29 de junio, volvió a celebrarse por iniciativa de las madres, el Día Mundial del Sueño Feliz, que ya habíamos celebrado el pasado año con aquel #desmontandoaEstivil que fue divertido además de útil. Este año el lema ha sido un poco menos crítico, sin embargo: #durmiendofelices fue el hashtag que tanto en tuiter como en FaceBook sirvió para unir a todos aquellos que estamos en contra de los métodos conductistas para “enseñar” a los niños a dormir.

Yo sigo colechando. Según la doctora que hizo la revisión de prematuros de Lara justo este miércoles, lo hago porque soy muy hippie. Y es cierto, un poco hippie soy. Pero no colecho por eso. Empecé a hacerlo primero por una cuestión práctica, si no dormía con mis hijas sencillamente no dormía. Y seguí haciéndolo porque me gustaba. Dormir con los hijos es una experiencia bonita, placentera. Al menos así ha sido dormir con las mías. Cálido.

Ahora que sigo colechando lo hago sobre todo porque ellas lo siguen necesitando. Y aunque ya la cama se nos está quedando pequeña en mis prioridades no está sacarlas de mi cuarto, más bien sería comprar otra cama. Una más grande. Y que ellas se vayan cuando quieran. O cuando puedan.

Ana, que ya tiene ocho años a veces se pone nerviosa porque todos sus compañeros duermen solos en sus camas. La presión social es muy difícil de esquivar. En nuestras conversaciones nocturnas por eso hemos decidido que ella dormirá conmigo y que si quiere, podemos intentar trabajar para que no lo necesite.

Sin embargo ayer, que volvió a celebrar el Día Mundial del Sueño Feliz yo, que sigo colechando, hice un intento estivilizador. Con el perro.

Y desde aquí os digo: no funciona.

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