Del mono pensante a Halloween y otros tabúes.

calabaza

A lo largo de los últimos siglos la cultura occidental ha gastado enormes esfuerzos en un inútil intento por diferenciar al ser humano del resto de animales que pueblan la Tierra. Desde la religión hasta la filosofía, pasando por la psicología de todas las ramas, la música, la literatura, el arte…la humanidad en pleno batalla contra lo que la naturaleza dicta en un intento estéril de vencer el miedo a la muerte, ahora que llega Halloween, esa fiesta pagana que no tiene más significado que ése.

Transcender a la muerte, bonito concepto, imposible de lograr.

La biología no engaña – afortunadamente para mí – y lo deja bien claro: los mecanismos que hacen funcionar nuestro organismo no difieren ni en un 2% de aquellos que hacen funcionar el organismo de cualquier chimpancé. No somos más que monos con tendencia a comernos el coco. Y además de muy mala manera.

Obcecados en nuestro miedo a dejar de ser nos olvidamos de que, como decía el poeta, se hace camino al andar y nos olvidamos también de que el dolor, el sufrimiento, es una señal de alarma que mamá naturaleza nos regaló para avisarnos de que algo iba mal. Y es que los animales son hedonistas, el sentido de su vida es buscar el placer, o como poco el placer que produce el alivio tras el dolor, el miedo, el estrés, que, es cierto, son a veces ineludibles. Los animales eligen vivir por instinto.

No hay nada más fácil en este mundo que meter miedo. La simple indiferencia de una persona a la que tenemos aprecio nos coloca en la incertidumbre que da paso al miedo. De ahí a la culpa no hay más que un saltito. El miedo paraliza y la culpa encadena, distorsiona nuestro concepto de nosotros mismos y de la realidad y es en ese momento cuando dejamos de ser.

Las endorfinas mueven el mundo. Opiáceos naturales, están ahí para reforzar el instinto de que el placer o el alivio del estrés son buenas opciones a la hora de sobrevivir, pero también, en un alarde de generosidad biológica, para hacernos más llevadero el dolor cuando es extremo e inevitable. Y la ventaja es que enganchan, un problema cuando nos hemos acostumbrado al dolor.

En algún momento de su infancia vuestros hijos, que están diseñados para buscar siempre, siempre el placer, empezarán a hacer preguntas. La violencia, la crueldad son la consecuencia y a su vez la causa del miedo, pero sobre todo son la antítesis del placer, del sexo, del amor, de la risa, de la vida. Y desgraciadamente están por todas partes. Artificiales, curiosamente mucho más visibles que el placer, creados ad hoc para sojuzgarnos, es cierto que morimos, pero eso sólo ocurre al final.

Aprovechad Halloween para explicar a los niños que no hay que tener miedo de los monstruos, que los peores villanos son los que duermen debajo de nuestra cama, que para vencer a la muerte lo único que hay que hacer es vivir y que las brujas en realidad son hadas.

Todas las fiestas paganas celebran la vida y sus ciclos. Porque pensamos de vez en cuando, cuando llega el invierno, tenemos que recordarnos eso, que estamos vivos.

La única diferencia entre nosotros, los seres humanos y el resto de los animales, es que nosotros podemos elegir, pero podemos elegir lo mismo que ellos. Como nuestros antepasados, que eligieron vivir.

Para eso somos monos pensantes.

Foto | SpindlierHades

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