Tu bebé es muy listo

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El bebé humano nace mucho antes de lo que teóricamente debería. Algunos estudios afirman que, mediante comparaciones inter-especie de tamaño y peso corporal, perímetro cefálico y habilidades motoras básicas de un ser humano adulto, se puede deducir que el embarazo humano debería durar la friolera de 18 meses. Mejor ni pensarlo.

El habernos liberado de este trago conlleva una carga: literalmente tu hijo, que cada día pesa más y no hay manera de que se esté en el cochecito. Si has visto algún documental sobre nuestros primos, los chimpancés, es probable que te hayas dado cuenta de un hecho: las crías de mono son capaces de agarrarse a su madre mediante una sujección de cinco puntos (manos, pies y boca – enganchados al pezón) desde que nacen, lo que les permite no caerse cuando mamá va de rama en rama. Tu hijo tardará meses, bastantes meses, en conseguir esto mismo (y aligerarte un poco, que no viene mal).

Tras el nacimiento el cerebro de tu hijo sólo está preparado para realizar conductas innatas, las que vienen determinadas genéticamente y que en toda lógica le permiten principalmente asegurar su supervivencia. Tu recién nacido sólo posee instintos básicos.

Estos instintos se traducen en conductas reflejas perfectamente distinguibles. Los reflejos del recién nacido, que son característicos, primarios y muy muy rudimentarios irán desapareciendo en su mayoría, paulatinamente, al compás de su desarrollo físico y serán sustituidos por conductas complejas aprendidas muy poco a poco. La presencia o ausencia de este tipo de reflejos en las diferentes etapas del crecimiento servirán además para valorar que su desarrollo neurológico se está produciendo de forma correcta.

La valoración se realiza basándose en estudios estadísticos, lo que quiere decir que en general, tu hijo tiene el 50% de posibilidades de alcanzar cualquier hito antes que los demás niños, pero también tiene el 50% de posibilidades de alcanzarlo después. Recuerda una cosa, esta valoración ha de hacerla un profesional; las madres tenemos tendencia a ponernos nerviosas cuando vemos que nuestro segundo hijo pasa olímpicamente de gatear a una edad en la que el mayor ya casi andaba. Los padres también, pero lo disimulan mejor. Intenta no angustiarte aunque, creéme, no es fácil. (Ya, ya, te has prometido a ti misma que jamás compararás a tu hijo con el de tu prima, tu hermana, la vecina del quinto o el del frutero. Seguramente también te has prometido a ti misma que no hablarás jamás de cacas. Romperás las dos promesas. No pasa nada).

Acuérdate sobre todo de que cada persona es un mundo, tu hijo tiene derecho a madurar a su ritmo. Y de verás que tu bebé es muy listo. Y más que va a ser.

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