Sincronicemos nuestros cerebros

papa

Que la maternidad modifica el cerebro de las mujeres es algo que se conoce desde hace tiempo, además de un asunto que ni tan siquiera tendría porqué estudiarse. Es obvio que cuando eres madre cambias, cambian tus prioridades y cambia tu forma de ver el mundo. Para unas más que para otras, claro y dependiendo de muchos factores como la lactancia o el estilo de crianza, las hormonas y los neurotransmisores que controlan la maternidad en el nivel fisiológico tienen su efecto en tus conexiones neuronales, no podía ser de otra forma.

Un estudio de Ruth Feldman y del que tengo noticias a través del blog de Ibone Olza (que por otro lado no os deberíais perder) asegura que el cerebro de la mamá se sincroniza con el del bebé, de modo que sólo mirándose pueden modular incluso sus latidos cardíacos en menos de un segundo. Yo, que he sido madre de un bebé monitorizado durante meses lo he comprobado por mí misma, pero está bien que a la experiencia vital se le añada algún que otro estudio científico.

Las técnicas de neuroimagen, aunque al ser muy caras no pueden aplicarse a muestras muy amplias, nos dan mucha información sobre lo que pasa en nuestra mente cuando nos convertimos en madres. Pero lo mejor, es que también pueden darnos información sobre lo que pasa en nuestras mentes cuando nos convertimos en padres.

La paternidad es mucho más un asunto cultural que la maternidad. Los padres no paren y no amamantan. Las concentraciones de sus hormonas del maternaje no se ven tan modificadas como las de las madres, es obvio. Pero numerosos estudios indican ya que lo hacen de alguna forma en un mecanismo de retroalimentación positiva – cuanto más cuida un papi a su hijo más se verá modificada la concentración de estas hormonas y neurotransmisores que no hacen otra cosa más que ayudarle a maternar al bebé, convirtiendo al instinto paternal, entendido como el impulso de cuidar y proteger a la cría, en una cuestión de simple y pura voluntad. El ser humano es maravillosamente libre. Al menos libre de amar.

Pero lo más bonito de este estudio de Ruth Feldman no es sólo que los padres también sean capaces de sincronizarse con sus crías, sino lo bien que se sincronizan con sus parejas. Toda una película de amor. En este caso un precioso trío.

La oxitocina (y también la vasopresina, una hormona muy similar a la primera) es como siempre una de las progatonistas. Y como siempre a más implicación más oxitocina y a más oxitocina más sincronización. En cosas del amor todo siempre es más que ayer pero menos que mañana.

Foto | billsday

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