Pequeñines sí, gracias

prematuro

Como ya sabéis (y el que no lo sepa ya está tardando en echarle un buen ojo al blog, empezando por aquí) mi segunda hija nació antes de tiempo, prematura – aunque no mucho – y con muy bajo peso.

Ser mamá de un prematuro es a la vez distinto e igual que ser mamá de un bebé que nació a término. Yo, que ya tenía una hija, soy consciente de las diferencias y las similitudes entre ambos tipos de maternidad. Quizás lo principal, lo más doloroso, es que maternar a un prematuro no deja tanto espacio para el disfrute. No, yo no he disfrutado de la maternidad de Lara igual que lo hice con Ana. Convertirme en la mamá de Ana me regaló los mejores años de mi vida: libertad, independencia, asombro constante…

Lara nació muy pequeña y eso trae consecuencias. Principalmente el miedo. Cuando los primeros meses de tu hija están marcados por la sombra constante de la muerte, el miedo al futuro inmediato y a lo que vendrá años después, no es tan divertido ser mamá. El temor te persigue y durante meses condiciona tu relación con el bebé.

Hoy quiero presentaros un blog muy jovencito, en el que una mamá de trillizos que además es psicóloga, relata tan bien las experiencias y sensaciones que acarrean el hecho de tener un hijo “especial” que me lo he leído de cabo a rabo, tres veces. Una por cada uno de sus regalos.

Con vosotras, Natalia y sus tres milagros: Pedro, Cristobal y Antonia. Espero que lo disfrutéis y sobre todo, os sea útil. Tener un hijo prematuro o enfermo te cambia la vida, pero, aunque los miedos sean algo distintos o tal vez en ocasiones un poco más lacerantes, agudos, no es tan distinto. De verdad.

Reflexiones de una madre (triple) psicóloga. Un dulce en la blogosfera maternal. Un anticipo:

De todo lo que logró angustiarme y aterrarme durante nuestra estadía en la Neo, lo que más, fueron las sorpresas. Es cierto que algunas de ellas eran buenas noticias: “Tu hijo subió 20 gramos hoy, lo hemos pasado de la incubadora a una cunita, hoy ha dejado el oxígeno, está aprendiendo a succionar…”. Pero éstas, las sorpresas agradables, no lograban aplacar mi verdadero pánico a las noticias negativas.

Cada noche, al acostarme, pensaba “seguro que si ocurre algo realmente malo, me van a llamar”, pero la verdad es que yo no podía distinguir entre lo malo y lo realmente malo o grave. Todo pequeño retroceso, toda sospecha de los médicos de que algo no muy bueno estaba ocurriendo con alguno de mis hijos, lograba angustiarme a tal punto que más de una vez necesité que algún profesional me hablara fuerte y claro para apaciguar las verdadesras crisis de llanto que a veces me sobrevenían.

Foto | Emily Kreed

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