Masculino, femenino, plural

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El ser humano no es más que un mono con tendencia a comerse el coco. Animales racionales, capaces de reflexionar sobre nuestros instintos hasta modificarlos por la fuerza de la costumbre. Y sin embargo, cuando nacemos y hasta bien entrada la infancia nuestros recursos racionales son escasos, al principio prácticamente inexistentes. Los bebés humanos son cachorros de mamífero, y desde el momento en el que nacen hasta que alcanzan el uso completo de la razón pasan muchos, muchos años.

La maternidad en humanos tiene dos componentes: la componente biológica, compartida por todos y cada uno de los mamíferos que viven sobre la faz de la tierra y que responde a la acción de hormonas y neurotransmisores – sustancias que regulan y modifican la respuesta del cerebro y así modulan las respuestas de otros órganos, tejidos, sistemas o comportamientos – y la componente racional, que se construye con los años y que se cimenta en las experiencias previas, en nuestra infancia, en la relación con nuestros padres y en todo nuestro entorno cultural. Ambas dos se complementan y se retroalimentan y gracias a esto el ser humano es lo que es.

Que la maternidad tiene un componente biológico es algo que cae por su propio peso y sin embargo, en algunas épocas el “insitnto maternal” que no sería más que el comportamiento derivado de la acción de estas hormonas y neurotransmisores, ha sido puesto en entredicho e incluso se ha negado, como aseguran feministas “emblemáticas” como Simone de Beauvoir o Elisabeth Badinter. A pesar de todo las hormonas de la maternidad existen también en humanos, puesto que sería imposible parir, gestar o amamantar sin ellas (además de que su inexistencia sería evolutivamente muy improbable, por no decir imposible) y a pesar de todo las hormonas de la maternidad siguen modificando conexiones neuronales, como demuestran cada vez más estudios científicos realizados con resonancia magnética nuclear funcional, una técnica que permite ver los cerebros en acción y que muestra cómo los cerebros de las madres son distintos a los cerebros de las que no lo son y los cerebros de las madres lactantes funcionan distinto a los cerebros de las madres que no lo son.

Gestas, pares y crías y todo ello lo haces gracias a la acción de sustancias químicas que, partiendo de tu cerebro, modifican tus comportamientos, tus respuestas al entorno y hasta tu fisiología y tu metabolismo. Todo el control está en la mente, pero la mente también se rige por las leyes de la biología.

Los cerebros de los hombres también se modifican cuando se convierten en padres. Las mismas hormonas y neurotransmisores que funcionan para la maternidad, hacen acto de presencia cuando el papá coge al bebé por primera vez. Las tasas de oxitocina y prolactina de los padres que comparten el cuidado de sus hijos son más altas que las de los padres que no lo hacen y más altas que las de los hombres en general. Y el efecto vuelve a retroalimentarse: cuanto más altas son las tasas de oxitocina y prolactina en el papá, más cuida éste de su retoño. La paternidad modifica también a los hombres. Pero para que esto ocurra los hombres tienen que elegirlo. Y es que en la paternidad al principio lo que manda es la razón. La componente biológica en hombres no es tan evidente y sobre todo no es tan explosiva. El parto supone para las mujeres una crisis, entendiendo crisis como cambio, ya que es en este momento cuando las concentraciones de hormonas de la maternidad alcanzan su máxima expresión. Esto, obviamente, no es tan dramático en el caso de los padres y por eso los padres, para ser padres, deben querer serlo previamente.

En un mundo ideal la componente racional de la maternidad y de la paternidad serviría para modificar el entorno de modo que el “instinto”, la parte biológica de nuestras m(p)aternidades pudiera expresarse libremente, porque los comportamientos instintivos se transmiten siempre de generación en generación porque son útiles para la supervivencia de la especie, mientras que los comportamientos racionales o culturales se transmiten o no, dependiendo de la época y lo que valía ayer, ya no vale hoy o no valdrá mañana. Pero no estamos en un mundo ideal.

Los partos se producen en medio del miedo (casi siempre) y de la violencia (en muchas ocasiones), se conducen con oxitocina sintética que no atraviesa la barrera del cerebro, se interrumpe el contacto piel con piel inmediato al parto, se dificultan las lactancias, se imponen los biberones, los niños se meten en cunas, se dice aquello de “no lo cojas, que se va a acostumbrar” y se matriculan en instituciones que se dedican a cuidarlos 10-12 horas al día. Y todo ello se hace desde la razón. La maternidad entonces pierde su componente biológico y se masculiniza. Y nosotras, las madres, con nuestros insitintos sepultados por siglos de masculinización, nos debatimos en un mar de dudas y siempre, siempre, acabamos sintiéndonos culpables.

Pero el bebé sigue siendo un mamífero. Y un mamífero espera una m(p)aternidad biológica, que le ayude a formar su raciocinio. Cuando nace, si no la encuentra, protesta. Y al final, resignado a acallar sus instintos es él el que los sepulta bajo capas y capas de razonamientos, a veces válidos y a veces no. Porque la mente se equivoca mucho más que el cuerpo.

Nota: las feministas van a matarme, porque a lo largo de la historia el feminismo siempre ha intentado anular esa dicotomía que asocia a las mujeres con el cuerpo y a los hombres con la razón. No sean injustas y lean detenidamente. Cuando la ciencia ha demostrado que también existe una componente biológica de la paternidad el asunto está zanjado, la ruptura cuerpo y mente se difumina. Es sólo que ellos no paren, y por eso mismo, tienen que decidir.

Foto | surlygirl

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