Es lo que hay

Las madres (y los padres) nos pasamos la vida dándole vueltas a la cabeza a las decisiones que influyen directamente a nuestros hijos. Los hijos te abren muchas grietas, te hacen cuestionarte todos tus principios y hasta son capaces de darte la vuelta como un calcetín, pero en el camino, nosotros nos angustiamos y sufrimos, perdiéndonos así una parte de su infancia, que es muy corta y que hay que disfrutar al máximo.

Cuando se plantea además una crianza distinta, la crianza corporal, esa que prescribe brazos, cuerpo y leche a demanda, no sólo tenemos que luchar a ratos contra nuestra propia razón, que en más de un caso le lleva la contraria al cuerpo de forma escandalosa, sino que además nos toca luchar contra el ambiente, contra la familia, los amigos, los vecinos, la frutera y a veces hasta contra las autoridades.

Educar a un ser humano es sin duda la tarea que mayor responsabilidad carga y encima está muy mal pagada.

Intento observar a mis hijas, porque creo sinceramente que es la única forma de tratar de averiguar qué es lo que realmente necesitan. La crianza hoy, se haga como se haga no se parece en nada a aquella crianza que disfrutaron nuestros primeros antepasados. Acercarse a la crianza natural es bastante difícil en la sociedad actual y muchas veces no sabemos qué es lo que nuestros hijos necesitan.

Algunas cosas parecen bastante obvias. Leche materna y contacto físico durante los primeros meses para ayudar a la formación del vínculo primario, que es más fácil de establecer con la madre por causas simplemente biológicas…Pero llega un momento en que desgraciadamente es imposible escoger la mejor de las opciones, y tenemos que conformarnos con escoger simplemente la opción menos mala.

Porque en el Paleolítico ningún niño se criaba en solitario con su madre y así como sabemos que la escolarización inmediata o muy temprana no es beneficiosa para su desarrollo, también desconocemos cuales son las implicaciones de la falta de tribu para su futuro. Y entonces hay que elegir.

Observo a mis hijas y no se parecen en nada una a la otra, tal vez sólo en la sonrisa.

Cuando llegó el momento de escolarizar a Ana lo hice y Ana no estaba preparada, ni para socializar durante ocho horas diarias con otros niños, ni para estar lejos de mí durante tanto tiempo. Probablemente ni siquiera para controlar esfínteres. Y sin embargo en aquel momento, presionada por la falta de plazas escolares, la llevé al cole. Para minimizar el susto eso sí, escogí uno muy pequeño, con sólo 12 alumnos por clase y sólo 3 o 4 aulas. Y nos fue regular.

Con Lara la cosa fue diferente. Más acostumbrada a tratar con niños, aunque fueran los amigos de su hermana, más acostumbrada al colegio, aunque fuera porque iba todas las tardes a recoger a Ana y un par de meses más mayor, la adaptación – según nos ha informado su maestra y sobre todo según hemos ido observando nosotros – ha sido mucho mejor, para nada traumática, probablemente también debido a su carácter, mucho menos sensible. A pesar de que esta vez no pude escoger el colegio pequeño, no nos ha ido mal, aunque seguramente podría habernos ido mejor.

Las guardes, los colegios no son tribus y mucho menos cuando se organizan como se organizan ahora, pero…

Volver a los orígenes es imposible. Y que esto es lo que hay.

Aprender que no somos responsables – y por supuesto jamás culpables – de todas las circunstancias que nos rodean es un paso imprescindible para disfrutar de la vida y por tanto de la maternidad. Aprender que sólo hay un pequeño número de cosas que podemos controlar y encaminar los esfuerzos a lograrlo de forma consciente y responsable, escuchando y observando siempre a nuestros hijos, es lo único que garantiza que las decisiones que tomemos pueden no ser las mejores, pero siempre serán las correctas. Porque sabremos dónde exactamente tuvimos que pagar un precio. Y así es como es posible compensar y cuando haga falta – si es que la hace – reparar. Y mientras tanto disfrutar de cada segundo.

Este es el primer paso para pertenecer al club de las madres libres.

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