Cuerpo para el futuro

caricia

En el vientre materno el bebé desarrolla primero el sentido del tacto. Durante nueve meses el tacto es el único mecanismo de comunicación con el “exterior” del futuro niño, lo que delimita su organismo y lo diferencia del de su madre con la cual convive de forma simbionte.

Ya hemos hablado del tacto más veces en este blog. La piel es el órgano más extenso y probablemente uno de los más complejos de cualquier animal. Provista de millones de terminaciones nerviosas, la piel es barrera pero también es vehículo de intercambio. En los seres humanos, además, la carencia de pelo confiere a la piel una mayor sensibilidad al sentido del tacto.

Acariciarse produce montones de respuestas cerebrales en forma de neurotransimisores y otras sustancias, tantas que probablemente sea muy difícil llegar a conocer todos los mecanismos que se activan al recibir o dar una caricia, un abrazo o un beso. Nuestros primos los primates utilzan el sentido del tacto para relajar el estrés del grupo, siendo los bonobos los representantes más entusiastas de este tipo de comportamiento.

Las caricias producen oxitocina y endorfinas, que regulan el estrés y además enganchan. El contacto físico es uno de los comportamientos vinculantes más simples y también más efectivos: el roce hace el cariño, ya sabéis.

Acariciar al bebé puede protegerle en el futuro de comportamientos destructivos como la adicción a las drogas. Un equipo de investigación de la Universidad de Duke (EE UU) y la Universidad de Adelaida (Australia) acaban de publicarlo en la revista The Journal of Neuroscience. La clave es una molécula cuya actividad principal está relacionada con el sistema inmune, la Interleukina-10.

Aparentemente la IL-10 es capaz de contrarrestar la activación de los centros de recompensa que producen las drogas (las drogas enganchan porque activan centros de recompensa cerebrales, haciendo creer a la mente que son beneficiosas para la supervivencia). Haber recibido muchas caricias y contacto corporal durante la primera infancia asegura una mayor concentración de IL-10, lo que según los investigadores podría proteger al niño de la “tentación” al rebajar el efecto adictivo de estas sustancias.

Dándole la vuelta al estudio, tal vez lo que se pueda concluir es lo contrario: la falta de caricias y contacto físico durante la primera infancia puede modificar la reacción normal del cerebro ante ciertas sustancias, haciendo que las drogas, compuestos dañinos entre otras cosas por la adicción que producen, se convieran en recompensas cuando en realidad no deberían serlo tanto.

Cuerpo y mente son lo mismo. Tal vez algún día los seres humanos nos demos cuenta de esto.

Foto | Giesembauer

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