
Muchas veces desde aquí incido en que la lactancia materna simplemente es. La utilización correcta del lenguaje es siempre un arma muy poderosa y precisamente por eso puede convertirse en una espada de doble filo.
La lactancia materna es, ni mejor, ni peor, simplemente es. En el trascurso de los últimos 30 o 40 años, con la incorporación masiva de los sucedáneos de leche materna al menú de alimentación infantil no sólo es la lactancia materna la que se ha perdido. Durante este proceso el gran triunfo de la industria alimentaria no ha sido ir reduciendo a las madres lactantes del primer mundo a la mínima expresión. Su gran victoria ha sido mucho más sutil. Y también mucho más preocupante.
La realidad es que los sucedáneos de leche materna de hoy en día no tienen nada que ver con los que desgraciadamente tuvimos que tragarnos algunos de nosotros, los padres de ahora, que nacimos justo durante el Baby Boom de los 70, en plena transición no sólo democrática. No, la verdad es que los de ahora son mejores, bastante más. La industria alimentaria gasta mucho dinero al año investigando sobre leche materna, ya que ésta es la única vía para poder mejorar sus productos. Las ironías me encantan, pero me gustarían mucho más si fuéramos capaces de utilizarlas en nuestro beneficio mucho más inteligentemente.
Para alguien que conoce el mundillo de la ciencia la cosa está bastante clara. En países como España – y en la mayoría de los países que hacen ciencia – la investigación pública es escasa. Así pues los avances se consiguen gracias a la inversión de la industria, que, obviamente no investiga por amor al arte. Y aquí es donde está la trampa.
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Hoy os quiero dejar un texto de Leslie Power, famosa ya en el mundo entero por su lucha para reclamar una baja de maternidad de seis meses para todas las chilenas y por sus encontronazos con Facebook. Bueno, al menos famosa en el mundo de las redes sociales relacionadas con la maternidad, que son las que a mí me interesan.
Un relato personal, en primera persona, que muestra que, a pesar de que la maternidad no es fácil – y mucho menos hoy – todo se puede lograr haciendo tribu. Para que busquéis vuestra propia tribu, que seguro que tenéis alguna cerca.
Parte de la #tribu de Leslie Power
Soy mujer de 38 años, 3 hij@s nacidos vivos y tres que no nacieron. He tenido abortos “terapéuticos” (legrado aspiratorio a una “mola”) y espontáneos. He tenido partos vaginales, es decir, normales y en mi último embarazo terminé en cesárea.
Les he dado pecho a tod@s mis hij@s, a un@s más y a otr@s menos. Al que más le dí, al tercero, fue un año y seis meses. Pero sólo por un pecho, ya que el otro, al tercer mes de vida nueva, los “oncólogos sabelotodo” hipotetizaron que tenía cáncer en el pezón. Eran nueve los médicos que decían “hay que operar”, “eso se ve como cáncer”, “la biopsia es de 1,5 cm, tendremos que cortar areola, podemos reconstruir en pabellón”… Nuevamente obtusa, pasándolo mal, pero segura de mi instinto, que decía que debía continuar con la lactancia, pero segurísima también de que el dolor era tan inmenso en el pecho “malo”, que no pondría más a mí hijo ahí. Me sometí a la biopsia, con el “mejor” cirujano, ese que me dijo “mmmmm mira, si tú dices que no tienes cáncer, te creo, confío en la intuición de las mujeres… te voy a hacer una pequeña biopsia”.
Resultado: ¡Nada! “Proceso inflamatorio inespecífico” jajaja.
Entonces, continué con la lactancia, por un solo pecho. Me daba sueño y hambre, dormía siesta con mi Julián pegada al pecho. Andaba con un pecho grande y otro más chico y me paseaba por la playa de Cachagua con mi pollito bien montado en la cadera (debo decir, que nunca me he sentido más sexy en mi vida) o sostenido en mi bandolera. Y, en plena playa, tendidos los dos, bajo el sol y con el olor a mar, el sonido de las paletas y las peticiones de mis otros dos hij@s, nos entregábamos los dos al placer del encuentro, a través de la lactancia.
Si se fijan, el relato no es de color ni olor de rosas, no hay hadas revoloteando por ahí. Fue doloroso, angustioso, pero también amoroso, tierno, placentero y poderoso. Esta última frase suena a una relación sexual, o sea, a una conducta normal de la especie humana, donde participan hormonas.
¿Por qué entonces, talibana, extremista y fundamentalista?
Sin duda, las personas que dicen eso de las mujeres que queremos dar pecho a nuestros hij@s, no entienden bien los significados y los significantes de esas palabras.
Las mujeres que queremos criar afectuosamente, abandonando el adultocentrismo, que somos “kids friendly”, que damos pecho, no porque nos leímos 20 papers científicos que dicen que es el mejor alimento físico y afectivo para nuestr@s hij@s, si no porque se nos dio la gana, no queremos ser nombradas así.
Es como que yo agrediera a todas aquellas que tienen partos vaginales, porque no pude tener a mi tercer hijo por esa vía. Todo lo contrario, las admiro a todas ellas, y jamás las trataría mal.
Soy psicóloga y trabajo atendiendo pacientes adultos en psicoterapia. Paralelamente trabajo con madres, padres y guaguas en temas de crianza (sueño, pataletas, alimentación) y sé, porque rebalsa las investigaciones, que la lactancia es el único mejor alimento físico y emocional y es, además, promotor del apego y de la salud del hijo y de la madre. Mientras se dio el pecho fluyeron hormonas, prolactina, endorfinas, oxitocina, también llamada hormona del amor (porque se da cuando uno lo está pasando muy bien con otro ser humano). Quien no lo hizo no tuvo esa hormona. Biología pura.
¿Qué pasa entonces? O será que se sienten “culpables” (no suelo usar esa palabra) por no haberlo dado, porque no quisieron, porque les dolió y no encontraron buen apoyo para solucionar la herida (grieta) o porque la dependencia con el recién nacido las angustió, como a muchas nos ha pasado.
Aliviémonos: dar pecho no te hace mejor o peor madre, sólo pasa que hormonas importantes no están presentes y, al no aparecer, el proceso de lactancia, vínculo y apego se ve entorpecido o enlentecido. Pero para recuperarlo sólo se necesita confiar en el propio cuerpo y en que somos muchas las que estamos para sostener, entregar información y colaborar para que se dé el proceso de vinculación. Además, para mí, no dar pecho no es culpa de la mujer, es responsabilidad del sistema social, de la mala información recibida por algun@s “profesionales” de la salud y por un mensaje equivocado y mezquino hacia la infancia, pero generoso hacia el mundo productivo.
Mis procesos de partos, abortos, lactancias no fueron fáciles. Y las mujeres amorosas, presentes, cuidadoras, claras, fueron cruciales para avanzar en este proceso. ¡Hagamos tribu!
Foto | Leenas