
Uno de los requisitos fundamentales para tener un buen parto es que la comunicación con el ginecólogo y el personal sanitario en general sea fluída y correcta. De entre todos los defectos del ginecólogo que me atendió durante el parto de Ana, la falta de habilidad comunicativa era uno de los más vistosos. Displicente, paternalista, soberbio…su forma de hablar en las consultas fue uno de esos signos de alarma a los que yo, con todo mi miedo, preferí no atender…Y la cosa acabó como acabó.
El trato recibido por parte de la matrona y el resto del personal tampoco fue para dar palmas. Bordes, maleducadas, agresivas…El maltrato verbal fue sin duda alguna uno de los factores que hicieron que mi parto fuera un desastre. Por otro lado la violencia verbal también fue una de las señales que me ayudaron a comprender que aquello no había sido “normal” y como dicen por ahí, fue el primer paso para “salir de mátrix”.
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La violencia se gesta en la infancia, incluso antes. Hoy es el Día Internacional contra la Violencia de Género, aquella que se ejerce contra las mujeres por el simple hecho de ser mujeres.
Las relaciones verticales, no igualitarias, son estructurales en nuestra sociedad patriarcal. Desde la relación con tus hijos, hasta la relación con tu médico, pasando en muchas más ocasiones de las que nos creemos por tus relaciones de amistad o de pareja, la violencia generada por las relaciones verticales se mama desde la cuna (un poco menos desde el regazo).
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Un año más y yo sigo creciendo.
Ana nació hace siete años un día como hoy, el día de la música, santa Cecilia y yo en cierto sentido también. Aquel día hacía sol y yo iba con todo mi miedo a un parto que sería más bien la crónica de una cesárea anunciada. La falta de confianza en mi cuerpo, que me acompañó durante toda una adolescencia en la que jamás estuve a la altura del canon femenino de belleza (entre otras cosas porque no quise ni intentarlo) y el bombardeo constante sobre la imperfección de los cuerpos femeninos fue, sin duda, uno de los motivos por los que aquel no-parto no avanzó pese a los meneos y al tremendo chute de oxitocina sintética que me metieron en vena.
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Hoy os quiero dejar un texto de Leslie Power, famosa ya en el mundo entero por su lucha para reclamar una baja de maternidad de seis meses para todas las chilenas y por sus encontronazos con Facebook. Bueno, al menos famosa en el mundo de las redes sociales relacionadas con la maternidad, que son las que a mí me interesan.
Un relato personal, en primera persona, que muestra que, a pesar de que la maternidad no es fácil – y mucho menos hoy – todo se puede lograr haciendo tribu. Para que busquéis vuestra propia tribu, que seguro que tenéis alguna cerca.
Parte de la #tribu de Leslie Power
Soy mujer de 38 años, 3 hij@s nacidos vivos y tres que no nacieron. He tenido abortos “terapéuticos” (legrado aspiratorio a una “mola”) y espontáneos. He tenido partos vaginales, es decir, normales y en mi último embarazo terminé en cesárea.
Les he dado pecho a tod@s mis hij@s, a un@s más y a otr@s menos. Al que más le dí, al tercero, fue un año y seis meses. Pero sólo por un pecho, ya que el otro, al tercer mes de vida nueva, los “oncólogos sabelotodo” hipotetizaron que tenía cáncer en el pezón. Eran nueve los médicos que decían “hay que operar”, “eso se ve como cáncer”, “la biopsia es de 1,5 cm, tendremos que cortar areola, podemos reconstruir en pabellón”… Nuevamente obtusa, pasándolo mal, pero segura de mi instinto, que decía que debía continuar con la lactancia, pero segurísima también de que el dolor era tan inmenso en el pecho “malo”, que no pondría más a mí hijo ahí. Me sometí a la biopsia, con el “mejor” cirujano, ese que me dijo “mmmmm mira, si tú dices que no tienes cáncer, te creo, confío en la intuición de las mujeres… te voy a hacer una pequeña biopsia”.
Resultado: ¡Nada! “Proceso inflamatorio inespecífico” jajaja.
Entonces, continué con la lactancia, por un solo pecho. Me daba sueño y hambre, dormía siesta con mi Julián pegada al pecho. Andaba con un pecho grande y otro más chico y me paseaba por la playa de Cachagua con mi pollito bien montado en la cadera (debo decir, que nunca me he sentido más sexy en mi vida) o sostenido en mi bandolera. Y, en plena playa, tendidos los dos, bajo el sol y con el olor a mar, el sonido de las paletas y las peticiones de mis otros dos hij@s, nos entregábamos los dos al placer del encuentro, a través de la lactancia.
Si se fijan, el relato no es de color ni olor de rosas, no hay hadas revoloteando por ahí. Fue doloroso, angustioso, pero también amoroso, tierno, placentero y poderoso. Esta última frase suena a una relación sexual, o sea, a una conducta normal de la especie humana, donde participan hormonas.
¿Por qué entonces, talibana, extremista y fundamentalista?
Sin duda, las personas que dicen eso de las mujeres que queremos dar pecho a nuestros hij@s, no entienden bien los significados y los significantes de esas palabras.
Las mujeres que queremos criar afectuosamente, abandonando el adultocentrismo, que somos “kids friendly”, que damos pecho, no porque nos leímos 20 papers científicos que dicen que es el mejor alimento físico y afectivo para nuestr@s hij@s, si no porque se nos dio la gana, no queremos ser nombradas así.
Es como que yo agrediera a todas aquellas que tienen partos vaginales, porque no pude tener a mi tercer hijo por esa vía. Todo lo contrario, las admiro a todas ellas, y jamás las trataría mal.
Soy psicóloga y trabajo atendiendo pacientes adultos en psicoterapia. Paralelamente trabajo con madres, padres y guaguas en temas de crianza (sueño, pataletas, alimentación) y sé, porque rebalsa las investigaciones, que la lactancia es el único mejor alimento físico y emocional y es, además, promotor del apego y de la salud del hijo y de la madre. Mientras se dio el pecho fluyeron hormonas, prolactina, endorfinas, oxitocina, también llamada hormona del amor (porque se da cuando uno lo está pasando muy bien con otro ser humano). Quien no lo hizo no tuvo esa hormona. Biología pura.
¿Qué pasa entonces? O será que se sienten “culpables” (no suelo usar esa palabra) por no haberlo dado, porque no quisieron, porque les dolió y no encontraron buen apoyo para solucionar la herida (grieta) o porque la dependencia con el recién nacido las angustió, como a muchas nos ha pasado.
Aliviémonos: dar pecho no te hace mejor o peor madre, sólo pasa que hormonas importantes no están presentes y, al no aparecer, el proceso de lactancia, vínculo y apego se ve entorpecido o enlentecido. Pero para recuperarlo sólo se necesita confiar en el propio cuerpo y en que somos muchas las que estamos para sostener, entregar información y colaborar para que se dé el proceso de vinculación. Además, para mí, no dar pecho no es culpa de la mujer, es responsabilidad del sistema social, de la mala información recibida por algun@s “profesionales” de la salud y por un mensaje equivocado y mezquino hacia la infancia, pero generoso hacia el mundo productivo.
Mis procesos de partos, abortos, lactancias no fueron fáciles. Y las mujeres amorosas, presentes, cuidadoras, claras, fueron cruciales para avanzar en este proceso. ¡Hagamos tribu!
Foto | Leenas