
“Mujer legrada, mujer preñada” “Si ha pasado esto es porque algo iba mal” ” Verás como enseguida te vuelves a quedar”…
Perder un bebé a una edad gestacional temprana es algo bastante común. Se calcula que uno de cada cinco embarazos termina en aborto, principalmente durante el primer trimestre y conozco a muy pocas embarazadas que no pasaran los tres primeros meses con el “síndrome de la braga” – cada diez minutos al baño a comprobar que todo sigue “ahí”.
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Entras en casa de unos amigos con tu hijo pequeño, el que ya gatea, y de repente eres consciente del lugar en el que tus amigos tienen los enchufes, de cuantas alargaderas utilizan y de lo peligroso que está el cable ese de ahí. En un sólo vistazo y casi sin darte cuenta.
Cuando estaba embarazada de Ana tuve muchos problemas laborales, tantos que acabaron conmigo en casa durante los 15 meses posteriores a su nacimiento. El estrés era agotador, como os podéis imaginar. Pero llegó un punto en el que sorprendentemente empezó a darme todo igual. Me volví pasota y el grado de ironía de mis comentarios aumentó mil puntos. La culpa, de la progesterona, la misma hormona que sirve para “sujetar” el embarazo en las primeras semanas y que provoca que durante el primer trimestre te mueras de sueño, es producida por la placenta a partir del segundo trimestre. El bebé sabe muy bien lo que necesita y se encarga de obtenerlo.
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Uno de los requisitos fundamentales para tener un buen parto es que la comunicación con el ginecólogo y el personal sanitario en general sea fluída y correcta. De entre todos los defectos del ginecólogo que me atendió durante el parto de Ana, la falta de habilidad comunicativa era uno de los más vistosos. Displicente, paternalista, soberbio…su forma de hablar en las consultas fue uno de esos signos de alarma a los que yo, con todo mi miedo, preferí no atender…Y la cosa acabó como acabó.
El trato recibido por parte de la matrona y el resto del personal tampoco fue para dar palmas. Bordes, maleducadas, agresivas…El maltrato verbal fue sin duda alguna uno de los factores que hicieron que mi parto fuera un desastre. Por otro lado la violencia verbal también fue una de las señales que me ayudaron a comprender que aquello no había sido “normal” y como dicen por ahí, fue el primer paso para “salir de mátrix”.
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Siempre con prisas, conocer el sexo del bebé cuanto antes es una de esas cuestiones que no escapa a esta sociedad de marketing y velocidad sin frenos. ¡A las 16! ¡A las 12! ¡A las 10 semanas! La carrera por comprar patucos rosas o azules no puede esperar, así que, el más rápido gana.
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Descubrir los mecanismos por los que algunos embarazos se interrumpen espontáneamente en las primeras semanas es uno de los retos de la ciencia en referencia a la salud reproductiva, tanto del hombre como de la mujer (porque no sólo son causas femeninas las que hay detrás de cada aborto espontáneo). La edad de la madre, el tabaquismo, ciertos problemas de coagulación, la edad del padre, el abuso de sustancias…hay muchos factores que influyen en el riesgo de aborto, pero la principal causa es desconocida y la peor tragedia es que si tiene que pasar, pasa y no se puede evitar.
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Estaba leyendo el post de Miriam Tirado sobre lo conveniente que es que se hagan reclamaciones por escrito en los hospitales o centros de salud cada vez que una da con un profesional que no tiene ni idea de su profesión (Miriam se refiere principalmente a la lactancia, pero se puede extender a muchos otros aspectos) y no puedo más que estar de acuerdo con ella. Protestar es imprescindible, sin embargo, no lo hacemos.
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